México


ENTRE LA REELECCION Y LA DEMOCRACIA


Rafael Mendoza Toro *

Algo contiene el poder que, concluyentemente, lo convierte en la más peligrosa y adictiva de las drogas, pues basta con probar una pequeña dosis del mismo para que inmediatamente se empiecen a demandar mayores porciones y además la persistencia de la dosis; el “pavo frio” por la pérdida del poder es más terrible que él descrito por John Lennon en la canción del mismo nombre. La historia de nuestro México desde su independencia, sin ir más lejos, no es más que la relación de esa adicción; pues en medio del caos resultante del fin de la guerra de independencia en lo que difícilmente podría llamarse Estado, surgieron los primeros intentos no sólo de hacerse con el poder político, sino hacerlo permanentemente. Así “el guerrero inmortal de Zempoala” a quien le canta el Himno Nacional, Antonio López de Santa Ana, accedió al poder en múltiples ocasiones a lo largo de tres décadas, buscando en todos los casos permanecer lo más posible, paradójicamente viendo frustrados sus intentos por el mismo caos que le permitía acceder. Era tal su afán que al parecer no le importaba que la hacienda pública fuera escasa, por tanto magro el producto de saquearla; que el poder presidencial alcanzaba sólo un limitado círculo político y geográfico, pues en las lejanas provincias gobernaban viejos caciques, amos de horca y cuchillo; pese a esto el “quince uñas” porfiaba por ser presidente. Con la estabilidad de la República restaurada, la reelección del Presidente se empezó a hacer norma, empezando por Benito Juárez quien decidió cobrarle a la Patria los años de malos tratos permaneciendo en la Presidencia hasta su muerte, práctica intentada por su sucesor Lerdo de tejada y mejorada con mucho más éxito por Porfirio Díaz, quien a lo largo de 30 años se reelige “democráticamente”. Tuvo que llegar una revolución para que la reelección se interrumpiera, pero la historia estuvo a punto de repetirse a los pocos años.

Quedará por siempre en el terreno de la especulación inútil, él que “hubiera” sucedido sí Álvaro Obregón presidente reelecto no se hubiera encontrado con el arma de León Toral, pero quien entiende la lección a la perfección es Plutarco Elías Calles, quien aunque adicto al poder, decide ejercerlo por interpósita persona, definiéndose como Jefe Máximo y nombrando a sus peleles que ocuparan temporalmente la silla presidencial. El arreglo funcionó hasta que un pelele le salió respondón, Lázaro Cárdenas, quien lo destierra y termina con el “maximato”, estableciendo las reglas institucionales del ejercicio del poder a la mexicana, o sea: la presidencia imperial, pero nomás un sexenio y a volar presidente, arreglo que ha funcionado hasta la fecha.

Como nadie experimenta en cabeza ajena pese a que nos considerábamos “hermano mayor”, en Latinoamérica esta adicción los llevo a peores situaciones, donde la secuencia dictador-golpe de estado-nuevo dictador-nuevo golpe de estado, devino en condición normal de gobernabilidad prácticamente hasta la década de los 70s de siglo XX. Por esos años, una cierta normalidad democrática empezó a imponerse paulatinamente en América latina, al menos en lo que hace a la trasferencia del poder vía ejercicio electorales, que aunque distaban mucho de altos parámetros de calidad y certeza, eran mejores que los golpes, asonadas y demás usos y costumbres. Como dato adicional para complicar el análisis, no se dio una correlación directa entre subdesarrollo económico y subdesarrollo democrático, pues Argentina y Chile, países muy avanzados económicamente, vivieron dictaduras, mientras que Costa Rica, cono todo y su subdesarrollo, generó una democracia funcional y casi ejemplar.

Pese a que en las últimas décadas se ha hablado de una consolidación democrática en Latinoamérica, sus bases debieron quedar endebles ante la evidencia de un fenómeno que se ha vuelto muy común: la vulneración “democrática” del orden legal para dar paso a la permanencia del poder vía reelección presidencial. Fueron Carlos Menem en la nuevamente restaurada democracia argentina y Alberto Fujimori en la endeble democracia peruana, quienes marcaron la pauta: ambos echaron mano de las endebles maquinarias democráticas para torcer las reglas y obtener su reelección “legal”, pues estrictamente ninguno echó mano del viejo “golpe de estado” para lograr su permanencia en el poder. Autodefinidos, uno como de “izquierda” y el otro de “derecha”, ambos comparten un común populismo como real ideología.

Aunque ambos terminaron mal, incluso Fujimori encarcelado, marcaron un camino para un paradójico rompimiento del orden democrático por vía “democrática”; así mandatarios validados en la urnas aunque en procesos de dudosa calidad, han usado y abusado de los mismos para persistir en el poder y, peor aún, modificando el marco legal para alejarse más de la democracia liberal y construir nuevos autoritarismos. Si bien en este grupo se incluye a Álvaro Uribe de Colombia, innegablemente de derecha, el resto de gobernantes se auto perciben como de “izquierda”, conformando la llamada Alternativa Bolivariana de las Américas: Venezuela, Ecuador, Bolivia y hasta su reciente defenestración, Honduras.

Dejemos de lado, esta vez, la polémica sobre la viabilidad del modelo económico “socialista” e incluso si se le puede calificar como realmente de “izquierda”, para centrarnos en la urgencia de la reelección y por ende, en la suplantación del movimiento y las ideas por el caudillo. Pongamos que en efecto, el movimiento bolivariano pretende transformar sus países y crear un orden económico más justo, su llamado “socialismo bolivariano”; pero, si presumen una amplia base social y la movilización y organización de “las mayorías” para este fin, ¿no es contradictorio que el éxito o fracaso se mida sólo a partir de la permanencia en el poder del caudillo?; si hubieran estudiado marxismo aunque sea en manuales, habrían leído que “sólo las masas hacen la historia” y que en un plano pragmático, es el Partido el mecanismo de expresión de esa “masa” (diría el padrecito Stalin) ¿para que entonces un caudillo? No es coincidencia entonces, que en ningún país del ALBA exista un partido en el poder, estructurado y organizado como tal, sino movimientos populares, confusos, amplios y corporativizados, que en ningún caso permitirían el surgimiento de liderazgos que amenazaran la hegemonía del caudillo, esos si “por la gracia de Dios”.

Espero que esto no se me tome como propagando política, menos en día de elecciones, pero ante los desfiguros reeleccionistas latinoamericanos, el arreglo institucional del viejo PRI parece ejemplar e incluso paradigma democrático; no estaría mal que empezaran a exportar a sus viejos ideólogos al sur, chance y los respetaran más que lo que hace Peña Nieto, más cercano a la “Gaviota que a Reyes Heroles.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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