México-Estados Unidos


MEXICO-ESTADOS UNIDOS: UNA RELACIÓN DE CODEPENDENCIA


Rafael Mendoza Toro *

Una frontera común de más de tres kilómetros une a México con los Estados Unidos, pero lo que los separa es mucho más ancho que el río Bravo, de hecho rebasa incluso a nuestros respectivos orígenes como nación. Si empezáramos del principio, nuestras “madres patrias”. España e Inglaterra fueron las más rabiosas enemigas desde el fin de la Edad Media, guerreando siempre que tuvieron motivo e incluso sin él, el honor nacional o la disputa económica dieron materia prima para sucesivas hecatombes de las que, sin importar el resultado, terminaban siempre más contrariadas. La marcha a América tuvo también razones radicalmente diferentes, para los peregrinos ingleses, la busca de espacio de mayor libertad religiosa, donde pudieran ejercer sus creencias sin cortapisas y sin la intromisión de los dogmas anglicanos o católicos; en la Nueva España, por contraste, fue la reproducción al detalle de la sociedad española, desde el absolutismo de la Corona al control de pensamiento por la jerarquía católica. En consecuencia, la organización social en tierras americanas fue radicalmente diferente, en las trece Colonias se gozaba de una amplia autonomía, que llevaba al nombramiento “democrático” de autoridades locales: alcaldes, comisarios, jueces; en contraste por estas tierras, el “déspota grande nombraba al chico”, empezando por el rey de España que designaba al Virrey quien designada al resto de la cadena de mando hasta la menor autoridad de la menor villa. Así, nosotros aprendimos a ser súbditos, en consecuencia a “callar y obedecer”, mientras que los vecinos se sabían ciudadanos, sujetos a derechos y obligaciones.

Hay también contrastes “favorables” a nosotros, para que no se enojen los masiosares: nada tienen que hacer la austeras iglesias de madera de Nueva Inglaterra con las esplendidas catedrales de la Nueva España, joyas de barroco, repletas de obras de arte y construidas con el sudor y la sangre de los indígenas; definitivamente el Dios de los protestantes es un mero amateur al lado del de los católicos, lo malo es que demanda y obtiene sumisión plena y renuncia a la libertad de pensamiento y de expresión, cosa que nunca intentan los pequeños dioses protestantes. No lo puedo afirmar pero ¿habrá correlación entre esto y el hecho que acá el analfabetismo fuera generalizado y allá casi todos supieran leer y escribir?

Con tales diferenciales en los tiempos coloniales, no es extraño que al empezar el periodo independiente ambas naciones fueran ya radicalmente diferentes, más allá de la raza o el idioma. Al norte, con una ciudadanía experimentada en el ejercicio democrático y medianamente educada, con elites gobernantes casi homogéneas y con mecanismos para llegar al consenso, la construcción del Estado se da sin mayores contratiempos; mientras en México, con una sociedad casi analfabeta y extremadamente polarizada, la rebambaramba política es cotidiana y más tarda en encumbrarse un gobierno que en ser derrocado por el siguiente.

Para darle su lugar a Marx, habría que añadir que las diferencias en el modo de producción entre ambas sociedades explican, al menos en parte, estas diferencias. En la Nueva España, se reproduce el modo de producción feudal, cambiando los siervos por indígenas “encomendados”, mismo que es eficiente para el objetivo económico fundamental: la exacción máxima de renta. Al norte, aunque se parte también de una economía agrícola, su base son los agricultores independientes, modificándose tanto por la introducción del esclavismo como por el inicio de la industria capitalista. Al iniciar su vida independiente, en México el modo de producción feudal es aún eficiente y no se modifica mayormente en un siglo, mientras en los EUA la industrialización capitalista avanza al punto que entra en conflicto con el esclavismo y determina su fin, vía guerra civil. Estas diferencias en modo de producción tienen amplias implicaciones sociales, pues pese a que las condiciones de vida del proletariado en esas etapas tempranas no eran precisamente placenteras, con todo eran infinitamente mejores a las de los peones acasillados sujetos a explotación feudal en las haciendas de México.

Dos naciones tan diversas unidas por una frontera común es lógico que entren en conflicto, respondiendo a otra lógica que la menor territorial y poblacionalmente se impusiera a la mayor, en este caso el proyecto de modernidad frente al pasado. Estos primeros conflictos México-EUA dieron al ganador territorio para su expansión y modernización, pero permitieron también al perdedor construir una leyenda de legitimación vía un “nacionalismo reactivo” y una permanente coartada para nuestra mala posición económica: “los gringos nos explotan”.

La explotación gringa, aunque sólo parcialmente se puede sustentar en el análisis económico, se ha constituido en la gran coartada para explicar tanto el subdesarrollo de la economía nacional como la pobreza de buena parte de la sociedad; soslayando así responsabilidades de nuestras elites políticas y empresariales, aparte de constituir una consigna de fácil adhesión, tanto para la izquierda como para la derecha.

El Tratado de Libre Comercio vigente desde 1994, parecía un primer signo de maduración en nuestras relaciones, un abandono de la neurótica relación de codependencia para asumir plenamente nuestra interrelación territorial y las posibilidades de desarrollo que ello implica; por primera vez dejaríamos de lamentarnos por lo “cerca de Estados Unidos y lejanos de Dios” que estamos, para aprovechar las oportunidades de la cercanía con la mayor economía mundial. Si bien el TLC no trajo todos los beneficios que auguraban sus promotores, tampoco ha marcado un periodo de decadencia y depauperación, como apuntan sin pruebas sus detractores; empero en lugar de avanzar en su consolidación y mejora, a últimas fechas parece que hemos regresado a etapas que debíamos haber superado.

Infundadas y exageradas para unos, objetivas y mesuradas para otros, se han hecho públicas declaraciones de diversas instancias norteamericanas sobre los riesgos de la situación actual de la guerra contra el narcotráfico, del riesgo de perderla y considerársenos “Estado fallido”, a la pertinencia de modificar estrategias e incluso incorporar más ayuda norteamericana en la misma. Antes que valorar que hay de cierto y que de exagerado en las aseveraciones, la reacción tanto oficial como social ha sido desmesurada, habiendo competencia en rasgado de vestiduras por la soberanía nacional mancillada entre los actores políticos de izquierda a derecha. Lo peor, empero ha sido la corriente de opinión que ve en estas críticas el anuncio de una intervención próxima de los “marines”, para poner orden y de paso, “apoderarse de nuestros recursos”; ante la cual no se sabe si reír por la supina ignorancia de los opinadores, o llorar, pues todos se consideran de izquierda. Mientras seguirá la relación de codependencia y no habrá divorcio que nos salve.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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