LAS FIESTAS DEL 20 DE MARZO
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *
Era una fecha señalada en el calendario de la vida; tenía que llevarse a cabo puntualmente el 20 marzo. Ante la pregunta expresa, cuatro eran los tipos de argumentos que mi padre esgrimía. Los históricos: Dos días después de la expropiación petrolera nació. Y se realizó sin faltar 68 años seguidos. A favor de los invitados y de lo laboral: no se trabaja el día siguiente por ser natalicio de Juárez. Argumentos familiares: él había nacido entre los cumpleaños de sus dos abuelos: José y Abel. Los referenciales y geográficos: la familia y los amigos sabían cuándo y dónde y no se necesitaban invitación, era un acuerdo ya establecido, ese día la entrada era libre en Nextitla 32 y hasta que el cuerpo dijera basta.
Pero la fiesta comenzaba mucho antes, prácticamente el 2 de marzo al llegar de Oaxtepec o Ixtapan o del lugar en el que se hubiera festejado a mi madre. Papá iba llegando cada día con algo: cajas de vino decía (aunque en realidad eran botellas de un litro o más de ron, brandy, tequila y hasta mezcal), tostadas, crema, rejas de Coca cola (por lo menos 20 cajas de trecientos mililitros), sardinas, orégano, diferentes tipos de carne, chicharrón, chile piquín, maíz pozolero, lechugas, vasos, servilletas, discos, lona, sillas, etc.
La cosa iba creciendo. Ya para el 18 y 19 de marzo la casa era un manicomio. Gritos, gente, carreras, señoras que ayudaban a mi madre a limpiar a profundidad cada rincón de la casa, bajo la implacable supervisión de la Maestra Almita, como le decían entre el temor y el respeto, sus ayudantes madres de familia de algún pueblo de Azcapotzalco. Mi madre personalmente se encargaba de preparar el pozole; nueve ollas gigantes llenas hasta el borde, se ponían a hervir toda la noche, en anafres distribuidos a lo largo del patio que no dejaban de humear.
Papá con la agenda familiar y de amistades, de pie sobre un mueble que era su archivo y caja fuerte, en el que se encontraba el teléfono, repasaba con su dedo; la B de Beltranes o la N de Natharén o sobre la S de SNTE, los que faltaban de ser recordado del acontecimiento. Hablaba con todos con su sonrisa en los labios. La fiesta ya latía en el corazón.
José Abel relataba que desde niño le hicieron cumpleaños y desde que consiguió su beca en la Normal se auto festejó. Para mi madre, hermanos y por supuesto que para mí, a lo largo de nuestra vida fuimos entendiendo y aceptando que el 20 de marzo no era una fiesta más: era La Fiesta. Por eso comencé ayudando desde muy chico llevando platos o cubas o destapando refrescos o lo que me pidieran los invitados (¿dónde esta tu baño? ¿No tienes charanda? Pon el disco de la Orquesta Guayacán) hasta pasando el tiempo, invitar amigos como si fuera mi propia fiesta. Lo era.
Son muchas cosas las cosas que vi, viví, aprendí y disfrute esos 20 de marzo. Digo algunas.
Los amigos y familiares eran un grupo heterogéneo en serio, que se mantenía y recomponía cada año. Paradójicamente era una comunidad permanente y nueva cada vez. Era un sistema abierto. Nunca fue el mismo grupo y lo fue. Buscando una semejanza podíamos decir que la mayoría tenían en común ser profesores pero había maestros de diferentes niveles escolares: primaría (profesores de la generación 55 de la Nacional de Maestros) de secundarias (de la sección X del SNTE), del Colegio de Bachilleres. Había que sumarle maestros Universitarios (por ejemplo, Oscar González o el Gordo Ramírez) o líderes estudiantiles como Joel Ortega y el séquito con el que llegaba. Pero quien los conoce de cerca sabe que los profesores son, cada uno, un universo en si mismo. Habrá que decir que muchísimos familiares son también docentes. Pero de ese núcleo duro se desprendían primos y primas, compadres, y personajes de la más diversa procedencia: mecánicos, electricistas, pintores, carpinteros, encargados del ministerio público, intelectuales (todavía se comenta en qué cuarto se durmió Carlos Monsivais), comunistas, episcopales, católicos, masones, militares, músicos, poetas, jubilados, y un largo etcétera.
Los invitados comenzaban a llegar a las 4 de la tarde y tal vez llegaba el último a las 4 de la mañana. Sin excepción se atendía al que llegaba. El primer acto, casi de comunión era pasar a la mesa y comer los pozoles que aguantara. Nadie que así lo deseara se quedó sin su estilo guerrerense hasta sentirse satisfecho.
- Que sienta el cuerpo lo que recibe -decía mi madre, con el plato hondo hirviendo entre las manos.
Ahí daban inicio los entrecruzamientos culturales que un etnógrafo o antropólogo no sabría describir: los brindis de los compañeros del sindicato independiente de Bachilleres con los más institucionales sindicalistas o priistas, mi padrino Juan Natharen (doctor en la vida) dictando cátedra de geopolítica chiapaneca o de historia nacional a avezados estudiantes politécnicos, normalistas o universitarios. Los que tomaban con los que lo habían dejado para siempre.
Un murmullo de voces y risas se volvía nuestro hogar. Las pláticas se extendían por toda la casa literalmente: cada cuarto era tomado y utilizado para la charla: mis primas en el cuarto de mi hermana; mis tías en la cocina, la sala o hasta el baño- en los que había cola peor que en el Estadio Azteca en el medio tiempo-, unos hablaban de rock y otros de la genealogía de los Ortegas, otros componían el mundo; los serios en la biblioteca y los de plano desmadrosos en el patio. Ahí estaba Ramón Beltrán:
- Ya les dije como taclee al all star de los gringos faltado 5 segundos para terminar el juego ¿no? A ver joven ¿cuál es su guardia?
O Roberto de la Peña:
- Entonces, este cabrón de Rafa me habla a las tres de mañana y me dice: tío venme a sacar; estoy en la novena delegación y hoy no trabajaste.
O Gaby, el electromecánico más culto que ha dado la Colonia Anáhuac:
- El más grande músico que ha tenido la tierra es Beethoven; último clásico y primer romántico. Basta oír la Novena.
Mientras las pláticas se desarrollaban. Las balas de alcohol comenzaban a ser disparadas. La barra se utilizaba solo ese día. Se trataba de un cubo de madera (comprado en la Feria del hogar del Palacio de los Deportes), con ruedas, que se podría abrir, sirviendo de mesa larga la parte de arriba y de anaqueles para botellas, hieleras y botanas las partes inferiores. Era un lugar muy visitado, animado y concurrido. Un barman designado e improvisado se desvivía por atender, servir, servir, servirse:
- Te dije que para hombre.
- ¿ya no queda Don Pedro?
- Campechana, con dos hielos para mi tío güero.
El trabajo resultaba agotador, por lo que el picher abridor siempre tenía que ser relevado, hasta que se iba convirtiendo en un auto servicio de barra libre, que conforme avanzaba el tiroteo ponía en riesgo el frágil equilibrio de los departidores y de la barra misma.
La tarde transcurría placidamente, José Abel con una camisa de colores muy alegres recibía a los amigos que traían regalos autosustentables: botellas, gelatinas, pasteles de chocolate, galletas que no verían la luz del día siguiente.
- Compadrito, me tome la libertad de traer ésta marimba y pagarte dos horas.
Mi padre feliz en su acuario: bromeaba con unos y otros. Platicaba, recordaba anécdotas, pasaba del tema del tapado, al manifiesto comunista; de los once hermanos del Necaxa a Ivo Basay, Aguinaga y Lapuente. De Cárdenas a Fox, como pez en el agua de un campo de conocimiento a otro. Del mendigo que habla cinco idiomas en Europa al control de la diabetes y los enfermeros gay, de Don Rutilio al Fernando Soler de La Oveja Negra. Recorriendo, saltando y regresando de un tema a otro de un grupo a otro, sin descanso. Después brindaba.
- Beber para disfrutar, no para sufrir- decía.
La música era otro ingrediente. Pequeños grupos tocaban con guitarras chilenas guerrerenses, boleros y las canciones de los tríos se dejaban oír. Sobre todo las canciones de Los Ases; Contigo en distancia, Delirio, La enramada, Venganza. Cualquiera ese día tenía permiso para tocar como Juan Neri o cantar como Marco Antonio.
Otros bailaban. Se improvisaba la pisa en el desnivelado patio (un reto más para los bailarines) al sonar -en diferentes épocas- consolas, bocinas gigantescas, modulares, sonidos, hasta llegar a un show mán, El buki, güero y melenudo que animó la fiesta por lustros. Mambo (en sax), cha-chas (Los marcianos llegaron ya), Beatles (She love you, Hey jude), Lobo y Melón (Amalia Batista, Acabando), Carmen Rivero (Pollera Colara), Los hermanos Flores (La bala) La Sonora Matancera (Total, El Yerberito moderno), La Sonora Santanera (Ya te conocí, Bomboro Quiña Quiña), La Sonora dinamita (El negro José), Fania All Star (Pedro Navajas. Maestra vida, Las tres flautas), Beny Moré (La Culebra, Bonito y saborso), Glenn Miller (In the Mood, Moonlight Serenade) y Mike Laure (Mazatlán, Tiburón ). ¡Qué no se bailó! ¡Qué no se escuchó!
En el cuarto prefigurado para eso -de hecho que no se nombró como de tiliches, bodega o ático- sino simplemente así: cuarto de dominó. Comenzaban las fichas a sonar también temprano y hasta al amanecer se guardaban. También en la mesa de cuatro sillas, diversas edades y tradiciones convivían; en parejas o cada quién para su santo (para no mentar madres). El juego se hacía acompañar de cubas, muchos cigarros, un papel para apuntar y pluma (ellos y nosotros) un dialecto entre el ritual y el albur, sólo para iniciados:
- Magnífica oportunidad para acostarme.
- Estás firme.
- Agáchense.
- La patona: doce menos
- Ganado: son vacas
- La de patos.
- No cogiste; tan bonito qui se siente.
- ¿Quién va?, por lo general él que pregunta.
- ¿No ves que estoy tirando? ¡Porqué me tapas el tres!
- ¡Puro pone fichas!
- ¿Qué paso Goyo? Otra vuelta a la sopa.
Los niños y adolescentes se divertían con el mejor regalo que le hizo mi padre a su primogénito: siete tubos circulares soldados estratégicamente para formar la mejor portería que me ha tocado conocer. Se disputaban los mundiales de futbol, por la noche, en el jardín, con la iluminación de tres focos de 200 watts, con equipos combinados de las calles/cantera de Santa Julia, Clavería, Popotla y las colonias vecinas a la avenida México-Tacuba. Luego venía el tocho y ahí aparecían Águilas Blancas, Cóndores y Buldogs: generando heridos y contusos.
En la azotea, La pola -una doberman- se volvía loca de tanto ladrar. Subida en una barda -como un puma en la colina- vigilaba hasta que el balón pasaba a unos centímetros de su hocico y... daba el mordisco al aire. A veces la atrapaba y se acababa el juego, otras caía el pobre animal hasta la planta baja; y entre el asombro y el colapso total. Gritos de relajo y el pánico acompañaban los tres minutos de cazar a la perra negra que nunca a nadie mordió. Otra Pola -ésta una hermosa Labrador canela- se metía al final de las fiestas a tomarse las cubas de quién se descuidaba.
En una época había un amigo llamado Nico, que llegaba acompañado de un viejo saxofón tenor. Sí, como Charly Byrd Parker pero más parecido al Maestro Joda de La Guerra de las Galaxias. Lo limpiaba y obligaba a la fiesta a volver hacía él cuando comenzaba Volare o Vereda Tropical. Mis padres dejaban lo que estuvieran haciendo y se dirigían a la pista-patio y en la penumbra de la ya casi madrugada comenzaban a bailar, como los dos jóvenes enamorados que siempre procuraron ser. Más de doscientos invitados se encantaban con la escena cinematográfica.
Hoy es 20 de marzo y recuerdo, añoro esas fiestas a las que debo tanto. Mucha de mi educación sentimental es deudora de esas reuniones interminables, en las que ya a las seis de la mañana la gente se volvía a presentar, peleaba en la calle, exprimía las gotas de la felicidad de un frasco o ponía un disco por enésima vez. Algo dentro de mí está ahí, lo estará siempre y hoy me uso para compartirlo. Salud.
* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive, da clase en instituciones de Educación Superior.