LA JUSTICIA DE “EL CHE”
Rafael Mendoza Toro *
Intentando regresar a la realidad después de interludio forzado por infortunio familiar, decidí no entrarle a la primera a la temática habitual de este espacio, como la crisis económica o la campaña electoral, que ahí seguirán pa la semana siguiente, dándome en lugar un espacio para temas menos “serios”, por lo que, después de haber asistido a la exhibición de la película “Che el argentino” de Steven Soderbergh me siento compelido a hacer algunos comentarios impertinentes, tanto sobre la misma como sobre el personaje que retrata.
Soderbergh, el director ha tenido una amplia carrera cinematográfica desde su inicial “Sexo, mentiras y videos” hasta lo más reciente y comercial del “mainstream” hollywoodense como la serie “Ocean eleven”, donde pese a sujetarse a las convenciones de sistema de estrellas, ha logrado conservar una competencia técnica y narrativa que salva las cintas; por supuesto se tienen que mencionar sus aportes al humor negro en las dos versiones de “Addam´s Family”, crueles parodias del sistema de valores norteamericano. Empero, en su trabajo en “Che”, Soderbergh refleja todas las limitaciones del pensamiento liberal norteamericano, implacable sobre los defectos propios, mas complaciente y parcial cuando toca temas externos “políticamente correctos” como en este caso. La cinta no es más que una apología del mítico personaje, por tanto poco objetiva y nada crítica, seleccionando y destacando los aspectos más “brillantes” de su biografía mientras no deja pasar ni un atisbo de sus muchas zonas oscuras. Rayando el panfleto, no hay toma ni línea donde los “buenos” de la historia, no muestren sus dimensiones históricas, la trascendencia de su rol, la justicia de su lucha; los héroes guerrilleros no tienen dimensiones humanas, se expresan sólo ante la posteridad que recoge sus palabras, siempre de una profundidad de manifiesto, incluso en la fotografía se cuida que cada encuadre emule un poster de Korda.
El guión no debió representar mayor problema, pues se construyó a partes iguales con las palabras del Che ante las Naciones Unidas en New York en 1965, la entrevista a Bárbara Waters en esa misma visita y una selección de los textos de “Episodios de la guerra revolucionaria” del propio guerrillero, evitándose poner en su boca ninguna palabra que no hubiera pronunciado o firmado, rigor histórico que no se sigue con los otros personajes. Mas, la parte central de la historia es la campaña guerrillera en Sierra Maestra, donde muestra el desarrollo del Che como combatiente, comandante, sus motivaciones éticas y políticas y su particular sentido de la justicia, logrando un panegírico que ni Stalin en sus buenos tiempos, pues en la selección se evita la mínima crítica y se abusa del maniqueísmo guerrilleros buenos-ejército malo, que hasta en caricaturas se evita en la actualidad. Soderbergh, quizá olvidando la caricatura que hace Woody Allen del pensamiento liberal norteamericano en “Bananas”, no teme ser panfletario, parcial y ahistórico, prefiriendo contribuir a la fábula del “guerrillero heroico”.
Como mejor muestra de la parcialidad del director, vale la pena recordar otro episodio del libro del Che, que por supuesto no fue incluido en la cinta y que pudo ilustrar mejor su concepto de justicia, él llamado “La muerte de un guajiro”. En éste, narra el enjuiciamiento que se hace a un campesino acusado de colaborar con el ejército de Batista entregando información sobre las tropas guerrilleras; mismo que después de un juicio sumario fue fusilado por “traición”, dando píe a algunas reflexiones del Che sobre la “justicia revolucionaria”. Empero, si revisáramos los procedimientos de la justicia revolucionaria a la luz del concepto de “debido proceso” que se exige a la justica “burguesa” encontraríamos serías carencias, empezando que el acusador y el juez son la misma persona, por tanto no hay una evaluación objetiva de la culpabilidad, pos supuesto tampoco tuvo el campesino la oportunidad de contar con un defensor, las “pruebas” fueron todas circunstanciales e incluso “la confesión” de éste debería desestimarse por obtenerse bajo presión; en pocas palabras el destino del acusado estaba decidido desde el principio. Lo peor empero, lo revela el propio Che, al confesar que el juicio fue determinado por la coyuntura de la lucha: pues si la guerrilla hubiera sido más débil, no se hubiera atrevido a enjuiciarlo, mientras que meses más tarde, con sus tropas fortalecidas, la “traición” no hubiera tenido importancia; en consecuencia fue la mala suerte y no la magnitud del “delito” lo que determinó la condena.
Siguiendo con el episodio, más allá del procedimiento es la tipificación del “delito revolucionario” la mejor muestra del pensamiento autoritario, pues parte del concepto de “la revolución” como fin superior, trascendente, “históricamente determinado” que necesariamente deben reconocer como propio los “actores” de esa revolución. Así, no es sólo un proyecto postulado por un grupo de activistas al que se intenta mediante la propaganda incorporar voluntariamente a más convencidos, sino un “destino histórico”, al que se deberán unir sus presuntos beneficiarios, así un campesino que no opta por la revolución y prefiera el gobierno y su status quo, se convierte en traidor y sujeto a sanción. Bajo esta lógica, en los 80s Sendero Luminoso pasó a cuchillo a comunidades indígenas peruanas enteras por no unirse a sus tropas y seguir el camino marcado por el “presidente Gonzalo”, proclamándose eso sí orgullosamente “guervaristas”, o sin ir temporalmente más lejos, las FARC la semana anterior aceptaron haber asesinado más de una docena de indígenas acusados de delatarlos ante el ejército colombiano; episodio que por cierto no mereció ninguna condena de nuestra izquierda, usualmente tan preocupada por los derechos indígenas, o al menos de los que comparten sus ideas.
La cinta seguramente hará las delicias de la izquierda Neanderthal y amigos “políticamente correctos” que la acompañan, pues hasta la caprina voz de Silvio Rodríguez apoteósicamente la cierra; pero nada contribuirá para la necesaria discusión para la izquierda sobre “medios y fines”, particularmente sobre el uso de la violencia, cuestionada desde los 50s por Albert Camus y que sigue gravitando como pecado original sobre todos sus intentos de modernidad. Por mientras, por sobre la imagen icónica del Che, cuestionaría fundamentalmente el calificativo de “idealista” que se le da, pues si bien un idealista es alguien que muere por sus ideas, ello excluye el derecho a matar por ellas, no importa cuan elevadas y puras sean. A mi vez, seguiré usando mi playera de “Chepillín” y elegiré mejor mis películas.
* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.
Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.