Estados Unidos


REGALO DE REYES A DETROIT


Rafael Mendoza Toro *

El rescate financiero de las mayores firmas automotrices norteamericanas tardó pero llegó, se discutió ampliamente en el Congreso y se rechazó en más de una ocasión, rebasando la fecha para regalo de navidad por lo que casi tocó a los Reyes Magos el hacer entrega del regalote: casi 13 mil millones de dólares recibirán Chrysler y General Motors para al menos cerrar el año, que ya después Obama decidirá con cuanto apoquina para el salvamento de la que se supone industria emblemática norteamericana. El tema no es ajeno para México, pues para empezar sus filiales locales contribuyen a que la rama automotriz sea las más importante manufacturera por su contribución al PIB y las soluciones que se den por allá podrán beneficiarnos, perjudicarnos o todo lo contrario (no pude evitar hacer el mal chiste), aparte que nos sirven de ejemplificación ante la proliferación por acá de malas ideas en estos tiempos de enfrentar la crisis económica, empezando por el proteccionismo.

Aunque el automóvil no fue inventado en los Estados Unidos, fue allí donde alcanzó primero su desarrollo como gran empresa, gracias a las iniciativas de Henry Ford para masificar su producción y consumo; de esta manera el American Way of Life se ligó a la posesión de un automóvil en cada familia ampliándose los mercados para nuevas ofertas de productores; por el contrario en Europa la demanda de automóviles era escasa, lo que desestimulaba a los productores, abriéndose una brecha entre los gigantes norteamericanos y sus contrapartes europeos. Por otro lado, la magnitud del mercado también propició la aparición de nuevos productores, muchos de los cuales no lograron crear una demanda suficiente para sobrevivir, quedando en el recuerdo marcas automotrices ya desaparecidas, sobreviviendo como dicta el mercado, sólo las más fuertes.

Este éxito paradójicamente engendró el fracaso, pues asumiendo que los productores “sabían” ya lo que los consumidores querían: sólidos carros norteamericanos, retrajeron la innovación, al tiempo que sus buenos resultados financieros permitieron que los salarios y prestaciones de sus trabajadores se fueran incrementando. Desde los 80s los problemas de la industria automotriz se fueron agudizando como consecuencia de la competencia: de lado de los europeos ante la mayor calidad de sus autos, de lado de la emergente industria japonesa, por el más bajo precio de sus productos. La patriótica respuesta norteamericana fue el proteccionismo, fijándose altos aranceles a la importación de autos, mientras se soslayaba la normatividad ambiental y requisitos de eficiencia de uso de combustibles, dizque para no perjudicar la competitividad. Con esto la industria obtuvo una nueva oportunidad de supervivencia, pero perdió el estímulo para el cambio e innovación, nuevamente rezagándose antes sus competidores.

Al inicio del milenio, la coincidencia de bajos precios petroleros con una amplia oferta de créditos, dieron una nueva y tal vez última bonanza automotriz, apareciendo las “camionetotas” (SUV en inglés) como símbolo de status y desprecio al medio ambiente, logrando casi dominar el mundo. Pero lo bueno no dura por siempre: el petróleo subió, los créditos se escasearon, las ventas cayeron y las tres grandes se encontraron con inventarios saturados y sin dinero ni para la nómina, menos para cubrir compromisos financieros. Empero, más allá de la mala coyuntura, habían perdido ya la batalla competitiva con las industrias europeas y japonesas, quienes pese a la aplicación de aranceles estaban haciendo mejores ofertas en precio y calidad que incluso ya muchos consumidores norteamericanos preferían, desplazándolos de paso casi completamente de la escena mundial, donde la demanda por autos importados norteamericanos es marginal.

Ante la crisis de la industria, la receta neoliberal es radical: la quiebra y su venta a competidores que logren hacerla viable; solución rechazada al representar la pérdida de casi tres millones de empleos y simbólicamente el fin de una era. La petición de las empresas era también irreal: dennos dinero pero no nos pidan nada a cambio. Entre ambos extremos se inscribe el programa de rescate: dinero para el salvamento inmediato y un programa de reestructuración sobre él que la nueva administración Obama definirá detalles; el problema estará en esos detalles.

La opción “al enfermo lo que pida” implica más proteccionismo y la posposición indefinida de la reglamentación ambiental más rígida, necesaria sí se pretende combatir el calentamiento global pero costosa para una industria en problemas; a más podría cumplirse la promesa demagógica de regresar los empleos transferidos a México, considerando al TLC parcialmente culpable de la decadencia de esa industria. En particular esta visión chovinista, que defiende los “empleos de los norteamericanos”, no alcanza a reconocer que las nuevas plantas en México y China, dieron a la industria un poco de viabilidad, al bajar sus costos laborales y lograr autos de precios poco más competitivos, pues de otra manera la crisis hubiera llegado más rápido. Menos viable políticamente es la opción “dinero por innovación”, donde a cambio del rescate inmediato, se impondría una reingeniería profunda de la industria en todos los aspectos: relaciones laborales, alternativas tecnológicas, eficiencia de combustibles, normas ambientales, etc. hasta lograr recuperar una posición competitiva en el marco global; opción que aunque los expertos económicos apoyan podría parecer demasiado osada para el nuevo gobierno.

Como no experimentamos en cabeza ajena, ante nuestra particular estrategia anti-crisis se están empezando a levantar voces pidiendo nuevo proteccionismo para nuestras actividades económicas, principalmente la industria y el agro, sonando esta prédica a la vez nacionalista y progresista, lástima que no inteligente. Reparar las barreras arancelarias para encarecer importaciones, junto con estímulos crediticios, impositivos y demás, pueden temporalmente dar viabilidad a alguna actividad económica, pero a costa de su competitividad internacional y del sobreprecio y demerito de la calidad al consumidor final, quien pagará los platos rotos. No estoy particularmente convencido del nuevo plan de Calderón contra la crisis, pero cuando las “propuestas alternativas” son como ésta, poco productivo será el debate, pues a lo visto muchos no se han enterado que los motores “normalmente aspirados”, los televisores de bulbos y los chiqueadores de ruda, son todas tecnologías del siglo pasado, o sea: hace mucho tiempo.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Volver