Mundo global


MARX Y KEYNES FOR DUMMIES


Rafael Mendoza Toro *

La crisis económica global en la que estamos inmersos, está generando lo mismo efectos lógicos, como será la baja en la demanda en la época decembrina, como paradójicos, citando en este caso la proliferación de “expertos” en economía que sin titubear citan a Marx y Keynes en defensa de sus particulares ignorancias y prejuicios, atribuyendo al primero el poder predictivo de la actual situación y al segundo el sanalotodo que finalmente retraerá al capitalismo global hacia los terrenos mas confortables del proteccionismo. Poco importa que ninguno de esos expertos pueda acreditar su paso por alguna escuela de economía o al menos citar algún texto leído de sus pretendidos gurús, las aseveraciones son tonantes y reflejan de la satisfacción de quien se autoconsidera “informado”. En defensa del legado de los viejos maestros, van en consecuencia unas pocas líneas sobre su real pensamiento.

Karl Marx centró su trabajo de análisis en la esfera de la producción manufacturera dentro del contexto de la Revolución Industrial, época en que de los talleres artesanales se pasó a las grandes factorías y consecuentemente a la conformación de una nueva clase social: el proletariado. Mejor que los economistas clásicos: David Ricardo y Adán Smith, logró desentrañar el origen de la acumulación capitalista: la plusvalía o sea, el valor no pagado al trabajador. Encontró en la contradicción socialización de la producción- privatización del producto el origen de las crisis de sobreproducción, proponiendo en consecuencia la socialización de los medios de producción como la superación final de las crisis. Pero dentro de sus estudios, Marx otorga poca importancia al comercio y menos al sector servicios, considerándolos subsidiarios de la producción e incluso no generadores de plusvalor; igualmente, en lo que hace al sector financiero, sólo lo considera “lubricante” de la economía real y nunca profundiza su análisis, pese a que existían ya crisis precedentes en las primeras bolsas de valores.

La actual crisis le generaría a Marx problemas de interpretación, pues para empezar no se presenta en la esfera de la producción, sino en la financiera donde se estaría dando un fenómeno insólito para su paradigma: la creación de riqueza no ligada a la exacción de plusvalía. Todas las operaciones, desde la burbuja inmobiliaria, la constitución de derivados y demás, se estarían dando sin correlato productivo y lo peor, sin explotación del trabajo, a menos que se considere a los ejecutivos financieros nuevos proletarios. Empero, se creó riqueza tan tangible que incidía en la economía real, incluso sobrepasándola, a mas sin la mácula de la explotación. Citando a Lord Desay: si Marx viviera quedaría asombrado ante el desarrollo del capitalismo y, digo yo, se pondría a estudiar esta nueva crisis presentándonos en unos años sus trabajos; pero en estos momentos no aportaría ninguna herramienta analítica sobre el caso.

Peor la va a Lord John Maynard Keynes, a quien se le atribuye la paternidad de todas las recetas y desatinos que se les van ocurriendo sobre la resolución de la crisis, considerándolas parte ortodoxa del New Deal. Así por ejemplo, a partir de la propuesta de políticas económicas contracíclicas, se presume que el gasto público es el gran dinamizador de la economía y su mera derrama la mejor solución, clamando que a más gasto más pronto término del problema. La parte que ignoran es que la ecuación no es lineal y el remedio puede ser peor que la enfermedad. En principio, el gasto sí estimula “demanda agregada”, o sea el consumo, pero ese consumo puede lo mismo ocasionar inflación, si rebasa la oferta, o distorsiones en la asignación eficiente de recursos: un bono navideño puede estimular la compra de bienes de consumo, pero poco hará por la constitución de mayor infraestructura. El gasto puede ser también dispendio si no se tiene claro sus objetivos, su temporalidad y los mecanismos de aplicación: los “apoyos” al sector agropecuario han trascendido los sexenios sin modificar la baja productividad del mismo.

El gasto público puede también producir distorsiones en el mercado laboral; pues por ejemplo, cuando intentando crear empleos se abren las contrataciones en la nómina oficial, con mejores sueldos y prestaciones y menores requerimientos de capacitación y productividad (retrato costumbrista de cualquier burocracia), los demandantes de empleo soslayarán otras “ofertas” no tan atractivas. En el peor momento del viejo estado mexicano, durante el lopezportillismo más del 30% de la PEA se encontraba en alguna nomina oficial, incluyendo sector paraestatal, deviniendo en objetivo existencial y aspiracional de los mexicanos el obtener una “plaza” en el gobierno, permanente e inamovible, como solución final ante los azares de la vida.

Sin haber leído una línea de sus trabajos, se le atribuye también a Keynes el fin del dogma del “balance presupuestal”, aplaudiendo la ampliación del déficit presupuestal como si fuera virtud revolucionaria. Que los gobiernos no gasten más de lo que ingresan, o sea el balance “cero” no sólo es perversa medida del Consenso de Washington, sino de elemental sentido común y en el momento de los grandes despilfarros de los 70s y 80s, fue condición de supervivencia del Estado; baste recordar que en 1982 el gasto público casi llegaba al 40% del PIB y la mitad era deficitario. Incurrir en déficit para estimular una economía en crisis, como se hizo en tiempos de New Deal puede ser una medida valida si no se olvidan sus condiciones: debe ser temporal, debe ser limitado y finalmente, debe ser financiable, pues como toda deuda (en este caso del gobierno con el conjunto de la economía) un día debe ser pagada. Más complicado es estimar los márgenes manejables del déficit presupuestal pues no hay recetas generales; por ejemplo, el déficit en EUA para poder financiar los programas de rescate y estímulo llegará a 5% del PIB, razonable si se considera su recaudación impositiva en 24% del mismo; mientras que en México un déficit de 3% queda en el límite de riesgo, pues sólo se recauda un 11%. Aunque se enojen los nuevos expertos, nunca dio Keynes el banderazo para el despilfarro ni avalaría a los que hablan en su nombre.

Leer a los grandes economistas de todas las escuelas de pensamiento, tal vez sea sólo por incrementar cultura general pues pocas recetas concretas ante la crisis podríamos extraer; ni la “Riqueza de las Naciones” ni “El Capital” contienen manuales de contingencia; empero si acotarían la profusión de expertos patito y declarantes a modo que llenan las paginas de los medios con tonteras mal intencionadas. Si no, esperemos la investigación del doctorcito con que se comparten estas páginas para mejor muestrario de incongruencias.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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