México


LA REFORMA DE PEMEX Y OTRAS MINUCIAS


Rafael Mendoza Toro *

Ya se le veía venir, las notas periodísticas de los últimos días anunciaban la llegada a un acuerdo casi unánime en el Senado sobre la “reforma energética” y las voces opinadoras se empezaban a escuchar, unas para aplaudir el uso de la negociación y el dialogo de parte de todos los partidos políticos en pro de un consenso, otras criticando los muy limitados alcances de los acuerdos, que equivalían a consolidar como lema del Congreso mexicano él “a grandes problemas, soluciones mínimas”. Aunque aún falta la aprobación por los diputados, poco se espera cambie, por lo que el proyecto divulgado seguramente se convertirá en ley y, desgraciadamente, conformará el marco legal de operación de la paraestatal Petróleos Mexicanos, misma que será la gran ganadora del proceso, pero respecto a sus “dueños”, teóricamente todos lo mexicanos, poco podremos esperar, ni siquiera que nos entreguen buenas y claras cuentas.

Desde meses atrás, cuando se inició la discusión sobre el tema, desde mi personal punto de vista diferí de la tónica de todos los partidos, sobre el fortalecimiento de la “autonomía” de Pemex, como sí ésta fuera la prioridad mayor y no el servicio que se pretende preste a los mexicanos. Finalmente y en mucho por la presión del PRI, la paraestatal tendrá una mayor manga ancha en sus operaciones y finanzas, empero sin lograrse cambios importantes en su interior; lo que equivale a entregar más dinero al hijo manirroto, que si antes lo recibía a manos llenas y no entregaba cuentas, ahora empeorará.

La paraestatal, y esto se ha mencionado hasta el hartazgo, está sujeta a un exacción de sus recursos de parte de Hacienda, quien los incorpora a la bolsa del ingresos del Estado mexicano permitiendo así que con una baja recaudación impositiva (del orden del 10% del PIB) se pueda financiar sanamente un gasto público de más del doble, lo que de paso permite que los servicios públicos de salud, educación entre otros, conserven mínimos de calidad y cobertura. Mas no sólo Hacienda se beneficia, hay también una competencia entre dirigencia y sindicato por tomar las mayores porciones del remanente de la empresa; pues bajo cualquier estándar internacional, Pemex es una empresa obesa e ineficiente. La reforma no sólo deja intactos los privilegios del sindicato, enclave corporativo del PRI, sino que amplia los espacios para la alta burocracia, creando dos nuevos consejos, cuyas funciones reguladoras y consultivas es muy probable sólo compliquen más la toma de decisiones operativas y de inversión, sobre todo que sus nombramientos quedaran sujetos al esquema de cuotas partidarias, que tan mal le han hecho al IFE y otras entidades dizque “autónomas”.

Levantando la bandera de “no a la privatización”, fácilmente adquirible pero poco coherente, el PRD de entrada se opuso a la ampliación de la inversión privada en distintos segmentos de la cadena productiva petrolera, sin importarle detalles como el avance tecnológico o los “costos de oportunidad” de las inversiones. Empezando por el segundo punto, invertir o gastar es una disyuntiva común en la vida diaria: comprar un refrigerador o hacer la fiesta de cumpleaños de la suegra nos obliga a analizar y racionalizar nuestras decisiones; en el caso de Pemex, no invertir implicó el rezago de exploraciones para reponer reservas, la obsolescencia de mucho de su equipo, pero también la mayor disponibilidad de recursos para gasto público, donde gobiernos de todos colores fueron beneficiados; o alguna vez se escuchó a un gobernador decir: “no gracias, pero prefiero que esos excedentes petroleros se reinviertan en la empresa pues pienso primero en las nuevas generaciones”. En los años siguientes, a diferencia, sí Pemex retiene mayor porción de sus ingresos para sus propios programas de inversión, lógicamente la derrama de excedentes petroleros será mucho menor, ¿Quién le dará la mala noticia a gobernadores y alcaldes puestos siempre a levantar la mano pidiendo más? La única otra opción hubiera sido permitir que inversionistas privados, buscando ganancias, usaran sus propios recursos en proyecto rentables de la paraestatal, pero eso se consideraba “traición a la patria” según nos lo hicieron saber.

Hay también cosas que el dinero no puede comprar, como es el conocimiento y el desarrollo tecnológico, donde estamos rezagados y ningún voluntarismo nos pondrá al parejo; hasta el mediano plazo deberemos adquirir la tecnología que quien la tenga y no siempre están dispuestos los poseedores a rentarla, prefieren esquemas donde se compartan riesgos con ganancias, como es el caso de la perforación en aguas profundas. Ahora, gracias a la reforma, tendremos que pagar y cara la tecnología disponible, aunque no sea la mejor, sin poder compartir riesgos con el contratante, quien en todos los casos recibirá su pago, mientras Pemex siempre pagará, al margen del éxito. El canciller cubano Pérez Roque, seguramente agradecido por el buen trato recibido de Calderón y la cancillería, no tuvo empacho en poner el dedo en la llaga en su encuentro con el PRD y legisladores, apuntando que Cuba ha celebrado múltiples contratos de riesgo para su exploración petrolera, sin que allá se dé ningún aspaviento ni ningún líder carismático salga a intentar salvar a la patria, pues allá simplemente los encarcelarían.

Apunte aparte merece Andrés Manuel López Obrador y su patatús más reciente, pues pese a que bien pudo adjudicar la victoria a su movimiento antiprivatizador antes que las negociaciones de los legisladores, prefirió echar por la borda lo ganado para “inventar” intenciones privatizadoras que sólo él puede ver, intentando con poco éxito ganar de nuevo la calle y bloquear su aprobación. Sí desde un principio la lógica nunca fue su fuerte, en estos momentos hay ya un pleno divorcio de la realidad, pues cuando ante la desconfianza que le suscitan los legisladores “chuchos” inventó su variopinto “comité de expertos”, como jueces finales del proceso de reforma, capaces de encontrar vestigios de privatización hasta en los asientos de café; decide cuando le conviene incluso olvidarlo y hacer caso omiso del dictamen presentado por Rolando Cordera, presidente del mismo quien no encontró mayores objeciones al proyecto. En pocos días se empezará a oír que Cordera fue siempre salinista, lo mismo que Manuel Camacho quien también recomendó no poner más gasolina en el fuego, descubriéndose nuevo complot y así hasta el infinito o el hartazgo del último de sus seguidores. En estos momentos sólo la sabiduría de Danny Crane puede ayudar, recordando que “es mejor desear lo que no se tiene, que tener lo que no se quiere”.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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