México


NO SOMOS NADA


Lilia Cisneros Luján *

En las más antiguas manifestaciones de vida, como lo explican los hallazgos de Solecki -Universidad de Columbia- en la cueva Shanidar en las montañas de Zagros a unos 400 kilómetros de Bagdad, con restos que datan de 100 mil años; la muerte ha sido, desde la época de los neardentales, un tema de preocupación para el ser humano. Enfrentarse a su inminencia, nos permite reflexionar en, si es fin o simplemente paso hacia otra realidad. Pero independientemente del enfoque filosófico, religioso o científico, implica el miedo más grande y la necesaria conciencia de terminación, ausencia y vacío. La muerte está presente en todas las culturas y, desde las primeras etapas del desarrollo individual se le percibe como algo amenazante, a lo cual el individuo se enfrenta de diversas maneras dependiendo del grado de su progreso emocional e integral.

Más allá de la discusión sobre si la muerte es algo intuitivo e inherente a la naturaleza de la persona o si resulta de la experiencia congnitiva, la mayoría de los estudiosos de la psique coinciden en determinar las características emocionales que acompañan al niño, desde el nacimiento hasta los ocho años de edad, con relación a la muerte; pues en sus primeros años la percibe como un fenómeno irreversible y sin posibilidad de recuperación del ser amado –la madre o el padre- asumidos como objetos de su propia seguridad y existencia.

A partir del primer llanto hasta los ocho años, cuarto estadio del desarrollo infantil, en el cual el niño puede relacionar causas que le lleven quizá a cargar con culpas inexistentes si acaso no han sido elaborados los pensamientos mágicos –sus padres son inmortales, van a regresar de un viaje, dejarán de estar enojados, etc.-, las bases para una vida “normal” se dan los riesgos de repetir en la vivencia adulta, los temores derivados de la dependencia emocional natural, en los primeros años del desarrollo. ¿Será por ello que Diana Laura, dispuso que la crianza de sus vástagos, fuera encargada a personas no vinculadas con el violento fallecimiento de Luis Donaldo? ¿Cómo afectará a los hijos de Juan Camilo Mouriño el manejo mediático de sus emociones? ¿Qué impacto habrá en las generaciones infantiles que han visto a un niño cargar el retrato de su padre muerto?

En la realidad prehispánica, la muerte ocupa un lugar muy especial en nuestro pueblo, le tememos, pero nos la comemos en azúcar y en pan; negamos que es inevitable, reforzando consideraciones imaginarias como que los “rafagueados”, decapitados, mutilados o ejecutados, son siempre “los otros” y nunca “los buenos”. Rezamos al alma del difunto esperando en lo íntimo no verle pronto, hacemos pactos de no agresión con el fallecido y, de pronto descubrimos que tenía muchas cualidades ignoradas durante su vida, como si temiéramos “al espíritu” del que ya no es, en la posibilidad de regresar a reclamar los insultos y malas vibras. Pocos son los capaces de asumir la muerte como algo natural que pone fin a la vida y, menos aun, quienes viven cada minuto con plenitud ¿Cómo hacerlo si cotidianamente se alimenta el temor a la muerte con escenas dantescas que nos persiguen en prácticamente todas las formas de comunicación?

¿Cuál será el tratamiento para evitar la tanatofobia, con todas sus neurosis asociadas, si los procesos mentales de la percepción y la sensación, son afectados desde la infancia, con información excesiva y distorsionada acerca de los crímenes de guerra, los efectos cuasi satánicos de la enfermedad –cáncer, VIH, diabetes, discapacidades de toda clase, etc.- la fatalidad de los fenómenos naturales –ciclones, inundaciones, terremotos- y hasta la posibilidad de convertirse en víctima de la conducta humana sin control?

Sin importar cuál vaya a ser el dictamen técnico del evento en el que murieron mexicanos de diversos estratos e importancias, el convencimiento generalizado de que “los mataron”, “no se lo merecían” ¿”porque les hicieron eso”? ¡”claro que fue un atentado”!, nos da la pauta para diagnosticar a una sociedad carente de horizonte, sin asideros de donde sostenerse, a la cual no le alivia ni le aporta credibilidad, ningún dato técnico o lógico. Por los comentarios vertidos a lo largo de la semana –algunos por cierto innecesarios, inoportunos y nada edificantes- el dictamen definitivo apunta al error humano. ¿Tiene caso combatirlo? ¿A quien beneficiará hurgar en indagatorias? Más sano sería una terapia intensiva a todo el esquema de gobierno, cuyos actores denotan emotividad no conveniente para la tarea pública.

El enojo, es una etapa normal del duelo, manejarlo con comedimiento y en el ámbito de lo íntimo, es una actitud más sana que la defensa o el ataque. La vida de la que aun gozamos nos impone a todos una serie de responsabilidades. Por lo pronto debe resolverse la titularidad de la secretaría que atiende los asuntos internos del país. Signo de enfermedad social, es la inercia de ganar a río revuelto. Como los herederos del tío rico, son ya muchos los que especulan acerca de esta decisión. ¿Se buscará al más capaz? ¿Prevalecerá la “cuatación” sobre las habilidades y la política?

En este mal gesto de adelantar vísperas, muchos señalan las habilidades, experiencia y oficio de quien les parece el más idóneo ¿y si alguno no está dispuesto a aceptar la invitación? ¿Como se juzgará a quien decida cumplir con el mandato que le dio el pueblo en lugar de incluirse en el gabinete? ¿Y... si quien toma las decisiones carece de una clara conciencia acerca de la necesidad y conveniencia de éste o aquel?

Al igual que en una familia, los cercanos al fallecido no pueden ni deben prolongar el duelo, México y todos los que aun contamos con el privilegio de la vida, tenemos el imperativo de seguir existiendo y de recuperar el Estado de Derecho, sustituido por un lamentable “estado de descomposición”. Hacerlo de manera sana y productiva es tarea de todos, aun cuando eventos como el del pasado martes, nos recuerden que no somos nada.

* Comunicóloga.

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