LA FUERZA DE LA DIGNIDAD
Sergio Zárate Rivero *
¿Cuantas veces en nuestra cotidianidad hemos sido testigos o participado directa o indirectamente en el desprecio hacia la gente indígena, quienes por ser de color y pensamiento diferente son objeto de nuestra altanería y soberbia, y de cómo los tratamos de humillar de mil maneras?.
La “maría” que vende frutas en el mercado, el maloliente “indio” bajado del cerro a tamborazos, el “que no piensa” y que vive de robarle a los demás, la “gatita” de los acomodados, y un sin fin de expresiones despectivas y recalcitrantes que son el leit motiv de nuestra referencia sobre el indígena.
A través de la televisión, sobre todo en las películas “gringas”, se nos dice que el delincuente y el criminal son de origen latino, y sobre todo, mexicano, y lo peor, indígena; se les ha retratado como el agachado y el sumiso y se les identifica con el subempleo o, por su sola presencia en lugares de afluencia masiva, como los que causan irritación ya que denigran a la imagen urbana.
Todos: blancos, mestizos, criollos, e inclusive morenos como el color de la tierra, somos de alguna manera racistas y discriminatorios; sentimientos humanos que parecen primitivos y que no hemos sabido superar como seres razonables, ya sean por deformación ideológica, por convicción equivocada, por olvido, por capricho o por lo que sea que justifique nuestro muy natural abuso, repulsa y odio por lo otro, por lo que no pertenece a nuestro entorno.
Pero ellos los “sin tierra”, “los olvidados”, los marginados”, los “tontos”, “los pobres entre los pobres”, nos han arrojado a la cara nuestra prepotente actitud para darnos una verdadera lección de dignidad, inteligencia, tolerancia y respeto; sentimientos que prácticamente desconocemos por preferir permanecer inmersos en la desinformación y en la mediatización de los medios.
Nunca como antes se han vivido días aciagos e históricos para nuestro país, días significativos que simbolizan la paz y la justicia social; hemos sido atrapados por la vorágine de estos acontecimientos y, por lo tanto, nos hemos visto inermes y sorprendidos por esa realidad que desconocíamos y que nos enfrenta con nuestra “calidad humana”.
La noche del 8 de marzo del 2001 fue inolvidable porque se escribió una nueva historia para las relaciones sociales e institucionales de los mexicanos. Esa noche, en Villa Milpa Alta, en el sur de la ciudad de México, nos alegramos por la visita de 23 comandantes y un subcomandante, quienes siguieron la ruta del general Emiliano Zapata, llegaron a la “Ciudad de la Esperanza”, como le llama el gobernador, porque sólo para él y sus corruptos e incapaces funcionarios hay esperanza.
Esa noche, celebramos también a la mujer, a la mujer en todas las condiciones posibles. En palabras de las comandantas Yolanda y Fidela en Milpa Alta y Esther en el Congreso, evidenciamos el “pecado” que significa ser mujer pobre e indígena en este país, conocimos lo azarosa que es la vida para ellas al ser víctimas de un machismo acendrado en los usos y costumbres, cuestionados de sus comunidades.
El subcomandante Marcos, en su usual estilo de dirigirse a los demás, sólo hizo una alusión breve e irónica sobre el “miedo” que causa la presencia de los zapatistas entre los grupos del poder de facto en nuestro país.
La mayoría presente, jóvenes estudiantes, coreaban su nombre mostrando el reconocimiento que tienen por quien con su fuerte y carismática personalidad e inteligencia ha enfrentado a la autoridad federal. Sin necesidad de animadores políticos la sola presencia del Sub nos convenció que este fenómeno esta determinado por la identificación y la voluntad propias.
Entre declaraciones adversas, improperios, sucesos varios y actos espectaculares y pese a las televisoras, el convencimiento y la capaz diplomacia del movimiento neozapatista, llegaron con su palabra a la sede del gobierno federal. Nos dejaron un mensaje de vergüenza y conciencia social y plantearon una contraparte al sistema neoliberal, proponiendo un sistema más ético (quizás un nuevo contrato social) y que no dependa exclusivamente de las inercias del libre mercado.
El movimiento levantó su puño por sobre los apocados y poderosos señores del “dinero”, por sobre los prepotentes y arbitrarios políticos; para mostrarles que la sociedad civil toma una vez más la bandera de la conciencia y se identifica con un levantamiento, que si bien comienza armado, parece perseguir un camino hacía la paz justa, hacía las tangibles causas de los pueblos indígenas.
Interpretamos un movimiento retratado con los rebeldes sociales que evita convertirse en político y que define el cambio social desde abajo, donde el proceso revolucionario es colectivo, allí donde la rebeldía es un privilegio más del ser humano.
Gracias hermanos, tzoltales, tojolabales, chontales, mayas, purépechas,
zapotecos, mixes, lacandones, tarascos, totonacas, tzeltales, huicholes,
etc. A más de un año que se han ido nos han dejado la inquietud
del compromiso por la lucha diaria sin menoscabo, por nuestros ideales,
por nuestros conceptos de libertad, por la lealtad, por la solidaridad
y, sobre todo, por la fuerza de la dignidad.
* Periodista y actor.