HACIA UN VACÍO INSTITUCIONAL
Jorge Alfredo Carazo *
No va más o no puede más. No es que el presidente de Argentina, Eduardo Duhalde, haya regresado de Europa para recibir un baño de realidad cuando descendió del avión presidencial. La letra que escuchó hasta en los baños de hotel en el que se alojó, lo guiaban únicamente al destino del Fondo Monetario Internacional (FMI). Será monocorde mentar al organismo financiero internacional, pero no hay más remedio porque el acuerdo a nivel internacional es disciplinar al país.
Y es un discurso comprado y un sofisma planteado a la sociedad como único e irreversible camino al éxito. Ni siquiera se trata de romper con el FMI, sólo habría hay plantear un modelo propio, adecuado a nuestras exigencias y limitaciones, convocar al esfuerzo común, asegurando que lo poco que tenemos será distribuido en justicia, logrado lo cual sería posible sentarse a una mesa a buscar la contraparte para renegociar lo que se debe, pero sin estrangular más al pueblo.
Porque no hay que equivocarse con los extremos. Si se lograra cumplir con las exigencias de la usura internacional, firmando el acuerdo marco del que habla el canciller argentino Carlos Ruckauf, no se soluciona la crisis argentina, se agiganta en tanto deberemos más cuanto más pagamos y los mercados internacionales que nos dicen se nos abrirán, son cautivos de los centros de poder internacional que subsidian a sus productores tabicando el ingreso de nuestros productos básicos.
México, uno de los socios más cercanos a Estados Unidos, en la vecindad misma del presidente estadounidense George Bush, ha destinado en el último sexenio millones y millones de dólares para rescatar a instituciones bancarias. Representan cinco veces lo que el Estado destina a los programas sociales, y mucho más de lo que el Congreso aprueba en servicios de salud. Es uno de los países que salió de la crisis del Tequila, de la mano del FMI, y se cuentan por millones los pobres.
Argentina nunca ha sido un gran exportador y esto tiene que ver con la división internacional del trabajo, cuyo techo no supimos perforar. Con ese cuento de volver a insertarnos a la comunidad internacional, no sólo se sigue perdiendo el tiempo de cualquier posible recuperación, sino que a diario la dirigencia política demuestra su incapacidad, su ineptitud para responder adecuadamente a la demanda popular.
Sin duda, hay una cuota de responsabilidad toda en la sociedad en cuanto al protagonismo que se retacea. Una mirada atenta de la crisis política y social no puede ignorar –a poco que se sea objetivo- de que el país entero abomina de esta decadencia y sintoniza con las protestas populares, aunque aparezcan como la imagen de la saturación.
Las mayorías
Lo que debería importar es cómo se restablece el consumo interno, cuyo único camino es un shock de ingresos. Hoy el problema de los ingresos no es sólo de los desocupados, tampoco le alcanza para comer a una familia tipo ocupada, teniendo en cuenta que los índices más benignos indican una caída del salario real del 50 por ciento, o lo que es lo mismo, tres veces más que la inflación acumulada en este año.
Esto no es muy bien entendido por los funcionarios, apenas se calzan el traje de tales. Por eso independientemente de la gente que haya estado en la Plaza de Mayo el miércoles pasado, convocados por la Confederación General de Trabajadores (CGT). de Hugo Moyano, o las que vayan a acompañar el paro general lanzado por la Confederación de Trabajadores de Argentina (CTA), de Víctor de Gennaro, desentonan las expresiones de la ministro de Trabajo, Graciela Camaño, cuando acude a la muletilla de acusar como política esas expresiones de trabajadores ocupados y desocupados.
No se dice lo mismo de los lobbyes empresarios, de los banqueros, de los embajadores, de los brookers, de los gobiernos que se dicen amigos y de sus gerentes locales que en definitiva han llevado al país a las puertas de “la disolución social”, como lo expresara el cardenal primado Jorge Bergoglio, en su homilía con motivo del aniversario de la Independencia Nacional.
Nunca es casual la voz de la Iglesia, y nunca tan bien elegido el momento como para decirle a Duhalde que “sabemos bien que este pueblo podrá aceptar humillaciones; pero no la mentira de ser juzgado culpable por no reconocer la exclusión de 20 millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada”.
La admonición tiene que ver con una realidad que sólo se compadece con una cultura política de abordaje al camino fácil, aunque lábil, de la dependencia. Y cuánto más es dependiente un pueblo –no tan sólo un país o una Nación- en tanto se disuelve su identidad social y política, única vía rápida para anestesiarlo y someterlo. Desde allí es fácil, por ejemplo, disfrazar cierta oposición en el Congreso para finalmente terminar adocenando legisladores tras la derogación lisa y llana de la Ley de Subversión Económica que tanto preocupa a Estados Unidos y a los países industrializados.
Por eso conviene recurrir nuevamente a Bergoglio, cuando afirma
que “a medida que tal destrucción crece se buscan argumentos para
justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida
frase ‘no queda otra salida’”. Y la política residual se ha hundido
en la salida única. Modelado así el país, difícilmente
el gobierno pueda seguir mucho más, porque ya se está cayendo
en el vacío.
* Periodista.