Periodismo


PERIODISTAS E INTELECTUALES ANTE LA GUERRA: COMPRENDER Y RESISTIR O CLAUDICAR


Raúl Zibechi *

A medida que transcurren las semanas y los horrores de la guerra resultan imposibles de disimular, los medios comienzan a retacearle las primeras planas.  Ante la masacre de prisioneros en Mazar i Sharif, por ejemplo, o la vergonzosa negociación del futuro afgano en Bonn, el silencio o la aprobación de numerosos periodistas e intelectuales suena a bochorno.

Las grandes encrucijadas históricas suelen producir vigorosos análisis, siempre que existan intelectuales capaces de amarrar a la lucidez del análisis el valor de atreverse a llegar hasta el final. Quizá la última de esas tremendas bifurcaciones de la historia fue la de los años treinta, cuando se registró el ascenso del fascismo y el nazismo.  En esos terribles años, uno de los tantos judíos que vivía en Viena debió exiliarse en Londres.  Su nombre era Karl Polanyi, quien produjo uno de los más brillantes análisis sobre los orígenes de la barbarie nazi.  Filósofo, destacó sin embargo por sus trabajos de economía política.  A comienzos de la década del cuarenta sintetizó sus análisis y opiniones en un libro olvidado, La gran transformación, útil para ayudarnos a comprender lo que está sucediendo en este comienzo de milenio.

Polanyi sostiene que el cataclismo que supuso el nacionalsocialismo tiene sus raíces en la Inglaterra de David Ricardo (siglo XVII), cuando el liberalismo económico impuso el progreso al precio de la dislocación social.  Su tesis central es relativamente sencilla: parte de considerar que la idea de un mercado que se regula a sí mismo es una idea puramente utópica.

"Una institución como ésta no podía existir de una forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto.  Inevitablemente la sociedad adoptó medidas para protegerse, pero todas ellas comprometían la autorregulación del mercado, desorganizaban la vida industrial y exponían a la sociedad a otros peligros.  Justamente este dilema obligó al sistema de mercado a seguir en su desarrollo un determinado rumbo y acabó por romper la organización social que estaba basada en él" (1).

Difícilmente podría haberse escrito algo que anticipara de tal modo la catástrofe, ambiental, humanitaria y de valores, en un año como 1944.  La profundidad de la obra de Polanyi rebasa no obstante la premonición, y brilla cuando se adentra en los mecanismos por los cuales se llegó a la situación que describe, y que le producía horror.  Así, señala que desde el punto de vista de la organización, las altas finanzas son el núcleo de "una de las instituciones más complejas que la historia humana haya producido", capaz de funcionar en forma de red (p. 36); cómo el éxito de los negocios debía ir de la mano de la corrupción de las administraciones de los países periféricos, hasta la conversión de lo económico en categoría central, por primera vez en la historia de la humanidad.

La violencia atraviesa todo el proceso que describe y analiza Polanyi.  Era la condición para que el móvil de la ganancia sustituyera al de la subsistencia, dado que en la historia, "las pasiones humanas, buenas o malas, están siempre orientadas hacia fines no económicos" (p. 89).  Una violencia extrema fue subordinar el trabajo y la tierra, "las sustancias mismas de la sociedad", a las leyes del mercado.  Para ello fue necesario proceder a la destrucción masiva de las bases tradicionales de la sociedad: se promulgaron leyes que pretendieron amparar a los más pobres, otras que contribuyeron a formar un mercado de trabajo, siempre con la pretensión de que las leyes eran capaces de gobernar sociedades complejas.

Además de la impresionante pauperización de las masas, hasta el punto de que "perdieron casi sus rasgos humanos", se procedió a la dislocación de las relaciones humanas, se sacrificaron las viejas formas de sociabilidad al ídolo mercado y se barrieron las territorialidades.

Pero no fue la mano oculta del mercado, inexistente por otra parte, la que procedió a esta verdadera mutación antropológica de la condición humana, sino la mucho más brutal fuerza bruta de los poderosos.  "El mercado fue la consecuencia de una intervención consciente y muchas veces violenta del Estado, que impuso la organización del mercado en la sociedad para fines no económicos", concluye Polanyi (p.  391).  Es en este punto, en el que el análisis intelectual se cruza con la realidad actual y la ilumina.  ¿Cuántas voces se han levantado ante la masacre de más de 500 prisioneros detenidos en el fuerte de Qila i Jhangi, en Mazar i Sharif? ¿Qué sociedad ésta que admite el bombardeo aéreo durante 52 horas sin abrir la boca? ¿Qué autoridad moral tienen los gobiernos de todo el mundo que la bendicen? Sin duda, estamos pagando el precio de algo que "acabó por romper la organización social".

Esta misma semana, el intelectual polaco Adam Michnik, director del diario Gazeta Wyborcza, un hombre que se destacó por su valor en la resistencia al estalinismo, consideró inevitable el ataque a Irak, con el peregrino argumento de que "Sadam Husein es un enemigo mortal para la democracia".  Michnik no sólo no habla de los cientos de miles de niños que murieron en diez años de bloqueo, sino que entrevistado por el madrileño El País, sostiene que el "antiamericanismo" que reina en el mundo islámico "constituye una verdadera enfermedad mental".

Este seudoperiodismo ha renunciado siquiera a entender, menos aún a contextualizar.  Son, como buena parte de los medios de comunicación, meros propagandistas. Michnik fue galardonado en Madrid por la Fundación Salvador de Madariaga. Polanyi fue víctima del maccarthysmo y en 1947 tuvo que abandonar Nueva York.  Nunca fue marxista ni siquiera socialdemócrata, su obra quedó enterrada en el olvido hasta que, durante el renacimiento neoconservador de los ochenta, sus análisis inspiraron a unos cuantos intelectuales.  Olvido y ostracismo, como señala Edward Said, son el precio que hace pagar el imperio a los lúcidos y consecuentes.

Notas:

(1) La gran transformación, Madrid, Ediciones de La Piqueta, 1997, p. 26.

* Colaborador de la Agencia Latinoamericana de Información.

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