¡ESCRÍBEME UNA CARTA CORAZÓN!
Domingo Schiavoni *
Recuerdo que mi padre llegaba siempre cansado del trabajo, colgaba su sombrero en el perchero de la sala umbrosa y fresca y le preguntaba a mi madre: ¿llegó correspondencia? Era un rito repetido y ritual, que a veces derivaba en un festejo colectivo, cuando nos enterábamos que había escrito la tía Delia que vivía en el Chaco y que anunciaba su venida para las Fiestas o cuando el tío Roberto, desde Tucumán, nos escribía invitándonos a pasar unos días en su finca de Simoca, donde aprendimos a comer sandía bajo los gomeros y a pillar ututos entre los cañaverales.
A veces mi madre, con entonación monocorde, le respondía que sí había llegado correspondencia, pero que no era para él. Con mi hermana más chica nos mirábamos con instantánea complicidad y descubríamos en el acto que ella se estaba refiriendo a una nueva carta de amor, que había recibido la más grande de nosotros de ese novio lejano que la ilusionó por años hasta que por fin lo conocimos, cuando vino al ingenio desde un pueblo tan remoto como desconocido para pedir formalmente la mano de su futura esposa.
Así era antes, cuando no existía el teléfono y en una casa sólo se recibían regularmente cartas y telegramas. Las primeras solían ser largas y entretenidas porque debían contener todos los ingredientes como para sustituir una conversación verdadera, que siempre impedían el tiempo y la distancia. Los segundos a veces eran funestos, porque comunicaban una muerte repentina o porque avisaban que la abuela se había enfermado malamente y los médicos decían que ya no tenía vuelta.
Recordé
todos estos datos prístinos de la infancia los otros días, cuando recibí una
hermosa carta de un amigo de la juventud, que me escribía desde un lujoso hotel
de Jordania, donde se había encontrado con una misiva mía que yo le había
escrito a España, donde regularmente reside, y que la compañía para la que trabaja
se había encargado de remitírsela a su transitorio destino laboral.
Era una carta como las de antes. Con seis hojas escritas en papel manifol, y vestida con sobre de correo aéreo, de esos que ya casi no se consiguen porque ahora la mayoría de la correspondencia viaja por avión, salvo -claro está- en estas olvidadas comarcas en las que el correo, aunque privatizado y moderno, todavía llena con sacas se sufrida cuerina en camiones inmensos que demoran como dos días en llegar hasta Buenos Aires.
Las cartas siempre se esperaban con ansiedad y el cartero era cómplice voluntario de alegrías y esperanzas. A veces llegaba acezando en su bicicleta con una encomienda grande, de esas que solía mandar la tía Aurora con chancacas tucumanas recién hechas o con dulce de cayote casero y algún corte de piqué para la sobrina casamentera.
Cuando uno estaba lejos de la casa o de los afectos permanentes, las cartas eran más esperadas que nunca, particularmente las cartas de amor. Esas que uno leía a las escondidas en la colimba, a la sombra de un paraíso solitario para no socializar indebidamente la dicha personal y de paso para evitar las cargadas de los compañeros.
Esas cartas
nos llevaban a las nubes, hasta parecían perfumadas. Uno las contestaba en el
acto, conmovido de amor y de nostalgia. Se competía con la novia en los grados
de extrañamiento. Se confesaban pasiones eternas. Y siempre era apropiado
entreverar entre las hojas algún mechón de pelo o el pétalo de alguna flor.
¡Hoy todo es tan distinto! Ya casi ni se reciben cartas en las casas. El cartero pasa con uniforme deportivo, no recuperará nunca la seriedad de sus predecesores. Las cartas de hoy son frías, hasta impersonales. Las más de las veces, cuando uno llega esperanzado por la buena nueva posible, se encuentra con las boletas de los servicios públicos, con la factura del teléfono, con el resumen de la tarjeta de crédito, y algunas veces con esas fatídicas cartas documento, que generalmente presagian un embargo o intiman por cuarenta y ocho horas el pago de alguna deuda antigua y olvidada.
Lo único que recibe con regularidad son las tarjetas de salutación para las Fiestas, pero fabricadas en serie, a veces impresas en computadoras, en las que el remitente apenas improntó una firma a desgano y a las apuradas porque seguro que despachó cientos de saludos como el que nos llegó a nosotros. También están las cartas de promoción, que llegan a montones, pero en las que curiosamente el que las manda no sabe ni siquiera quiénes somos y en consecuencia desconocemos quién será la persona que las envía. Nuestros nombres fueron seguramente tomados al azar de algún listado de servicios o de alguna guía telefónica. Uno ni siente ganas de contestarlas porque sabe de antemano que han sido enviadas sin ningún ánimo de recibir una respuesta.
Hoy ya no se escriben ni se reciben cartas. Para las comunicaciones instantáneas está el fax y para el tráfico interpersonal de las personas ganadas por la modernidad cibernética está el e-mail. Ya casi nadie se escribe para comunicarse buenas noticias o para jurarse amores eternos. La interrelación entre las gentes está normada mediante códigos que resignan la intimidad y el tráfico personal. El fax y el teléfono le han hecho perder encanto a la simpleza de la vida. Y los hombres y mujeres nos vamos imperceptiblemente distanciando unos de otros aunque vivamos hacinados en edificios de departamentos o nos choquemos entre nosotros en el trajín de las calles modernas y urgentes. ¡Qué saludable sería recuperar el hermoso oficio de escribir y recibir cartas!
¿Se han dado cuenta que ahora lo hacemos todo por teléfono? Pero nunca será lo mismo hablarle a una hija distante para saber cómo ha amanecido que preguntárselo en una carta, escrita en un bloc rayado, en cuyos trazos ella seguramente podrá percibir nuestra ansiedad o nuestro desasosiego, nuestras alegrías y nuestros contratiempos. Y escuchar su voz en el auricular del teléfono nunca será lo mismo que leer su propia escritura, de la que deduciremos que está contenta o nerviosa, apurada o extrañándonos.
¡Qué increíble! En plena era de la comunicación cibernética, uno puede llegar hasta tener amigos virtuales, como lo reconoció los otros días el Fray Beto en una conferencia emocionante que pronunció en la Universidad de Rosario. Aparecen todos los días en el correo electrónico de nuestra computadora. Pueden vivir en el piso de arriba o a quinientos kilómetros de distancia. Nos llegamos a familiarizar con ellos pero ni siquiera los conocemos.
¡Qué intimidad podemos construir entre nosotros si ni siquiera nos hemos mirado a la cara, si ellos no conocen nuestros hijos ni nosotros los suyos! Disponemos de herramientas cada vez más formidables para comunicarnos, pero paralelamente el tráfico interpersonal es más escaso, más frío, menos compartido. Con la comunicación satelital podemos hablar con cualquiera por teléfono y hasta podrían rastrear nuestra conversación con el Excalibur, pero nunca podremos mirarnos a los ojos con nuestro interlocutor, saber cómo es su alma, conocer de qué están hechos sus sueños y sus ilusiones.
Hasta se puede comunicar uno con un programa de televisión o con un locutor de la radio con sólo levantar el teléfono y marcar el número sugerido. Nuestro diálogo será visto y escuchado por miles de personas, pero no conoceremos jamás a ninguna de ellas, porque el escenario que se promueve es inmenso, global, inasible.
Con las
cartas era diferente. Nadie más iba a leerlas que aquel al que la enviábamos. Y
las miles que hemos recibido nosotros todavía están guardadas en una caja
vieja, en algún mueble seguro. Nadie podrá tener acceso a ellas sino sólo
nosotros y nuestra propia memoria. Son como un legado, una historia de vidas
compartidas, una biblioteca personal e intransferible de sentimientos.
Tenemos cada vez más medios a la mano pero cada vez nos comunicamos menos. Las personas estamos cada vez más distantes. Nos cuesta inaugurar amigos duraderos. Tal vez podríamos conseguirlos si nos comenzáramos de nuevo a escribir cartas, con tiempo, en el sosiego, por las tardes, despojados de la pesada mochila de las diarias urgencias.
Tal vez sea
todavía posible. Están tocando el timbre. Acaso sea el cartero.
* Periodista con más de 30 años de oficio. En el año 1994 ejerció la representación política, resultando electo convencional constituyente por el Partido Justicialista para la última reforma de la Constitución Nacional Argentina. Nacido en la ciudad de Salta aunque radicado hace 25 años en Santiago del Estero, Schiavoni se considera un noroestino, es decir un habitante del noroeste argentino, una región de gran singularidad cultural e histórica que está amenazada con una progresiva desarticulación por las tendencias ultraliberales de la nueva división nacional del trabajo.