EL OFICIO DE ESCRIBIR
Gabriela Vigueras *
Antes pensaba que escribir era fácil. Algo así como el destino inexorable de mis palabras; tan natural como la flexibilidad del pensamiento.
Comencé a experimentar con la escritura (escribí mi primer pseudopoema a los 19 años) asumiéndolo como una necesidad. Sentía que mis pensamientos y sentimientos se conjugaban en un sólo híbrido y las palabras se extendían hasta las yemas de mis dedos, se iban agolpando hasta que encontraban una proyección corpórea en el papel.
Ahora escribo también por necesidad, pues he encontrado en los renglones a mi mejor confidente y un espejo fiel de lo que soy por dentro.
Algunas veces me he atrevido a soñar que lo que escribo, sobre todos mis poemas, no sean sólo para mí. Sin embargo, considero que el oficio de escribir no puede ser genuino verdaderamente si se concibe en función de una obligación o un interés que proviene del exterior.
La escritura se gesta a partir de una visión del mundo, deseos particulares y enfoques personales, no como una necesidad de reconocimiento externo o egolatría fincada en la cosmovisión de los demás.
Un verdadero escritor puede ejercer su oficio independientemente de que a la postre sea o no leído. Un singular ejemplo es el de Franz Kafka (1883-1924) quien escribía sobre la angustia del hombre ante el absurdo del mundo, y que no buscó el reconocimiento ni la consagración de sus numerosos libros, los cuales, sin que hiciera nada por ello, se convirtieron en clásicos después de su muerte.
Algunas personas afirman que el escritor, al igual que el periodista, "no nace, se hace". Por ello, la disciplina es un gran aliado para la escritura. Muchos escritores como son Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes dan testimonio de ello; las mismas horas diarias dedicadas a la escritura. Pero como afirma Oscar de la Borbolla, esto es muy loable pero no es indispensable para el escritor.
Pienso que el escritor se hace con la experiencia, las cosas vistas, el renovado deseo de incrementar su universo interior. Pero también creo que debe tener una natural predisposición a moldear las palabras, cocinarlas, hacer rayuela con ellas como Cortázar, buscarlas y sembrarlas en el viento y la conciencia.
Un escritor debe tener un mundo vasto, poblado de huequitos que le permitan acceder a otros horizontes, verticales, redondos o agridulces.
Asimismo, debe ser un cuentacuentos insaciable, un niño de pupilas dilatadas por el asombro, un cronopio de renglones inmensos.
Un escritor debe tener las ganas y la capacidad de narrar una historia de mil maneras diferentes, como el Macondo de García Márquez o la filosofía implícita en un rompecabezas de historias de Milan Kundera.
Por eso es tan difícil ser escritor. Se necesitan años de esfuerzo, toneladas de papel desperdiciado, miles de puertas cerradas y una voluntad a prueba de ideas tercas que no quieran convertirse en palabras.
Me gustaría ser escritora, pero me da miedo pronunciar las palabras mágicas.
Le tengo miedo a las miles de palabras que tengo tras mis ojos y que
me llevará años poder ordenar. 
* La siempre virgen y mártir de toda la vida.