ORALIDAD, LITERATURA Y EDUCACIÓN INDÍGENA
Rocío Casariego Vázquez *
Entre oralidad y literatura existe una brecha que va mucho más allá de cruzar por el puente del grafismo. Entre oralidad y literatura no sólo existe la diferencia entre hablar y escribir, sino que hay una diferencia de orden que llamaríamos “intercultural”.
La oralidad supone un complejo cultural, histórico, económico y socialmente conformado con estructura y movimiento propios.
Existe una estética, una gnoseología, una lógica, que los hombres ejercen a través de la oralidad.
La literatura por su parte constituye en sí misma e independientemente del lenguaje oral (porque la dimensión histórica de la literatura rompe cualitativamente con los marcos históricos en los que se desarrolla la oralidad de las sociedades), de suyo una instancia cultural diferente.
Hay un nexo natural de solidaridad entre oralidad y escritura que tiende a conformar un “suprasistema” que en sí mismo genera la ilusión de su existencia como entidades interdependientes.
Es más clara la escisión entre una y otra cuando no hablamos simplemente de escritura sino de literatura; escribir no es lo mismo que hacer literatura.
En el terreno de la educación, los mecanismos sociales de reproducción de la cultura oral se corresponden con estrategias, recursos y necesidades enteramente distintas a los que se realizan para la producción y reproducción de la cultura literaria.
Por todo ello es necesario diferenciar claramente, en los procesos educativos, la naturaleza y condiciones de cada uno de estos modos de uso y producción lingüística, cuyos vínculos con redes y estilos culturales de vida son objetiva y subjetivamente diferentes.
Como fenómenos sociales la diferencia entre oralidad y literatura resulta mucho más clara y aprehensible: Por ejemplo, cuando sabemos que altos porcentajes de la población económicamente activa de sociedades como la nuestra son analfabetas y/o tienen un analfabetismo funcional, se comprende que es básicamente a través de la cultura oral que se reproducen las condiciones y modos de ser, pensar y producir de dicha sociedad.
Es dentro de esa cultura y esa tradición oral que una parte de la escritura se desdibuja como lenguaje escrito propiamente y se incorpora con valores más bien de tipo semiótico visual, dentro de las estrategias más simples de comunicación social.
Los “textos” con minúsculas que trafican el repertorio de palabras utilitarias y nombres comunes, pasan a ser signos de significación simple referida a una cotidianidad comunicacional más bien oral, donde puntuación, significación virtual y otros elementos de la cultura literaria no tienen contexto.
La cultura literaria se constituye como un sistema distinto en el que habría que definir al Texto con mayúsculas, es decir, el que no se corresponde sólo con un gesto oral o visualmente identificado, ni su función comunicativa elemental sustituible por cualquier otra fórmula instrumental de comunicación. El texto literario no encuentra su definición en dependencia de otro lenguaje, sino que lo tiene en la tradición de su propia cultura particular.
La literatura y la cultura literaria se justifica en sí misma en el contexto del libro, del mundo de lo impreso, del pensamiento y el estilo de comunicación diferido en espacio y en tiempo, que conforma un modo de producirse y reproducirse propio y diferente socialmente al de la cultura oral.
En la escuela no se hace -hasta la fecha- “nacer” la cultura literaria, sino simplemente se enseña a escribir y a leer.
Hablar de ambiente escrito como medio de aprendizaje de la lengua escrita significa un pobre concepto que no alcanza a corresponderse con lo que significa que el niño pueda introducirse y volverse hacedor y usuario de la cultura literaria.
El de la literatura no puede catalogarse como un ambiente sino como un contexto, una cultura y una tradición en la que el libro y sus componentes sociales e históricos, tanto objetivos como subjetivos, conforman un todo, un mundo diferente al de la escritura a secas.
En el medio indígena de hoy, más que en el mestizo, la cultura literaria constituye una cultura “otra”.
Hablar de “literatura indígena” desde nuestro punto de vista implica hablar de una cultura que debe nacer, renacer, construirse y consolidarse a partir de la infancia indígena y de la escuela.
Para que la literatura pueda considerarse parte de la cultura indígena, no es suficiente hablar de escritura en lengua indígena.
La lengua es solamente una parte de la cultura, en el caso de las culturas indias la oralidad de sus lenguas constituyen su forma de uso predominante, cuyo desarrollo y diversificación hace posible cumplir funciones sociales de su cosmovisión y estructuras productivas que no son propias de la cultura mestiza o urbana de nuestro tiempo.
Otros lenguajes y formas narrativas también florecen a la luz de las culturales de los pueblos indígenas, tales como la narrativa visual de sus artes, los lenguajes gestuales, rituales y simbólicos con que se transmite y recrea su tradición.
Es en este sentido que el lenguaje literario, la cultura y la producción de textos y su uso como parte consustancial de su cultura, no existe.
En la mayoría de las comunidades indígenas son los niños los únicos que saben leer y escribir -en general en español- y el uso que hacen de la lectura y la escritura se constriñe al ámbito escolar. Libros, diarios, cartas, periódicos, son productos hechos por otros, con lenguajes para otros y solamente circulan en el aula escolar. La oferta de dichos impresos tiene una demanda por parte de los niños, en relación proporcional con la calidad gráfica y de impresión de dichos materiales, pero no como objetos de uso literario.
La mínima oferta de literatura indígena semeja en todo al libro de la cultura escolar urbana, pretende acercarse y remedar lo que se produce para niños hispanohablantes.
La conformación de las culturas literarias indígenas, pensamos, no depende de hacer y agrandar las “ofertas” de producción en lenguas indígenas para las comunidades -en este caso principalmente para los niños que son los únicos lectores- sino fundamentalmente en propiciar y promover la producción de sus propios textos literarios y conceptos editoriales.
Qué escribir, cómo escribirlo, para quién, con qué tipo de circulación, en qué formatos, con qué ilustraciones. Que gramática, alfabetos y puntuación; qué mecanismos de reproducción, etcétera; son algunos aspectos de la cultura literaria que tienen que conformar los escritores en lenguas indígenas aún -y más por ello- cuando nunca hayan ido a una biblioteca, hayan leído un tabloide, escrito una carta o visitado una ciudad. Esos escritores deben ser los niños.
Pensamos que son los niños indígenas de estas generaciones quienes tienen que enseñar a los adultos a leer y a escribir, y conformar los usos adultos de la literatura indígena, primero en sí mismos y luego en sus comunidades. Son ellos los poseedores más puros de la cultura y la lengua materna y su interés es más cercano a esa madre y ese abuelo indígena, de modo que sus motivos, ideas y pensamientos responden de manera más espontánea a los códigos propios de su cultura.
La literatura indígena es la que el pensamiento y la cultura que se conforma en el infante indígena se va incorporando a una cultura del libro y sus usos, en primera instancia usos escolares que posteriormente pueden convertirse en usos sociales.
El adulto indígena, alfabetizado en castellano y luego en su lengua, trae de afuera la cultura literaria y en muchos casos la hace depender de los estilos y estereotipos de dicha tradición castellana (traducir textos clásicos en lenguas indígenas o cuando mucho escribir la oralidad indígena).
Los niños, de suyo, pondrán su pensamiento en su lengua escrita
si ellos, de inicio, aprenden a escribir -literatura- desde sus primeros
años sobre su vida, sus costumbres, su cultura. 
* Ponencia presentada por la autora en el II Foro Internacional de Oralidad y Cultura de México.