México


EL PRI HACIA EL SIGLO XXI


Foro por la Renovación *

A lo largo de 68 años de vida, el Partido Revolucionario Institucional ha sido origen y promotor del desarrollo de la sociedad mexicana, así como sujeto en el que dicho cambio se objetiva. El PRI se ha ido adecuando a nuestra sociedad, cada vez más informada, educada, politizada, participativa, diversificada y demandante.

El PNR, el PRM, y luego el PRI, definieron el llamado proyecto revolucionario que sentó las bases para la reconstrucción nacional y el crecimiento del país a lo largo de gran parte del siglo. El desarrollo nacional se logró, en lo político y en lo económico, a fuerza de acuerdos y con la negociación de posiciones. La permeabilidad social, la educación y la salud, se convirtieron en piedras de toque que apuntalaron un gran consenso nacional. Las estrategias de agregación de intereses ciudadanos y el fortalecimiento de la capacidad de satisfacer las demandas populares, parecían constituir la mejor vía para el desarrollo político, económico y social del país.

El discurso del Partido era coherente con los resultados del ejercicio de Gobierno y con el proyecto de Nación que postulaba: crecimiento económico, distribución del ingreso, mayores niveles de educación, defensa de la soberanía nacional, participación activa y respetuosa en el plano internacional, paz y justicia social.

Por otra parte, las prácticas políticas respondían a la capacidad, como partido único, de ofrecer opciones de participación a quienes lo demandaban. Los acuerdos específicos se procesaban al interior, y allí grupos, corrientes y ciudadanos, consensaban sus propuestas y proyectos, así como sus intereses particulares. El Partido era el receptáculo y el gestor de las demandas ciudadanas. Era el partido del Estado Revolucionario. Un partido de composición nacional. En su seno convivían, coexistían y se disputaban los espacios, corrientes y grupos de las más variadas orientaciones ideológicas.

La no reelección, piedra angular de nuestro sistema, garantizó la movilidad política en nuestro país. La renovación sexenal de las élites en la dirección nacional siempre fue una válvula que oxigenó la política pacífica y civilizada.

Sin embargo, tanto los consensos como las prácticas y costumbres mencionadas, se han ido erosionando a lo largo de los últimos 15 años. Desde mediados de la década de los setenta el país vive el cambio en el modelo de desarrollo nacional, representado por el tránsito de un esquema de crecimiento endógeno, basado en la sustitución de importaciones, a la redefinición del papel de nuestra Nación en un entorno internacional que, con el desarrollo de nuevas tecnologías y nuevos esquemas de cooperación, reclamaba la inclusión eficiente del país en un proceso de globalización e interdependencia crecientes.

Paralelamente, la sociedad mexicana ha venido presentando grandes transformaciones derivadas de una creciente concentración demográfica en las zonas urbanas, del crecimiento en sus niveles de educación, del incremento del promedio de vida, de la transformación de los medios de comunicación, entre otros rubros. El crecimiento del país, la diversificación de intereses, el proceso de urbanización, las decisiones adoptadas para reorientar el desarrollo nacional y el agotamiento del papel del Estado, como agente único del desarrollo, han generado una diversidad de opciones y propuestas de cambio que constituyen una expresión política organizada y divergente del proyecto hegemónico de Nación.

Alcanzan la madurez nuevas generaciones de mexicanos, nuevos ciudadanos que se incorporan al campo electoral y que no se sienten involucrados con la Revolución Mexicana ni aludidos por el discurso del nacionalismo revolucionario, que les parece caduco; surgen nuevos empresarios que demandan espacios políticos en la vida nacional y condiciones económicas adecuadas para el desarrollo más abierto de su actividad. Ante los retos inéditos existentes a su derredor, dichas generaciones consideran vacío y sin cabal sentido las alusiones a la razón histórica y al nacionalismo a ultranza.

Asimismo, el crecimiento económico alcanzado a lo largo de más de 50 años se ha venido trastocado en 15 años de vaivenes económicos, a partir de 1982. El día de hoy, la recuperación económica aún no repercute en los bolsillos de los ciudadanos, lo que ha minado substancialmente la legitimidad del régimen posrevolucionario y ha introducido la idea y necesidad de un cambio político en los grandes conglomerados cívicos.

Así, la competencia electoral llegó para quedarse. La disputa por la Nación implica proyectos distintos, actores distintos, partidos distintos, sólidos y en crecimiento. Las oposiciones, los intelectuales, los medios de comunicación, la sociedad civil, cobran un nuevo protagonismo que, en ocasiones, desplaza al PRI del centro de la discusión política nacional.

Esta realidad ha obligado al PRI a procurar su reforma interna. Sin embargo, los tres intentos más serios de renovación al interior del Partido —la Séptima, la Décimo Cuarta y Décimo Séptima Asambleas Nacionales— se han prolongado sólo por el tiempo de su preparación y duración. Una vez que se aprueban reformas de gran envergadura, se inicia un proceso para desteñir tales acuerdos y reducir a aspectos meramente de estructura lo que el Pleno y las Mesas de la Asamblea aprueban ruidosamente. Las bases ejercen su soberanía, pero la dirigencia administra el cambio interno hasta mitigarlo y convertir tales eventos en acontecimientos catárticos, sin ningún impacto sustantivo en materia de reformas.

Sin duda existe una seria dificultad estructural y cultural del priísmo para procesar y operar los cambios a su interior. Prueba de ello es que ante el escenario electoral de 1997 el PRI no adoptó ninguna estrategia novedosa que lo adecuara al sentir ciudadano y mitigara el desgaste en que se encuentra. Pareciera que la oferta de futuro no encuentra su espacio en el imaginario priísta nacional y que el mensaje y la acción política tienen como base un discurso del pasado y su defensa, hecho que ¿hay que decirlo?, también le sucede a la oposición.

Lo anterior no carece de gravedad. La reforma interna del Partido resulta cada vez más necesaria, en virtud de que el Estado Mexicano atraviesa por una profunda transformación política. La renovación es fundamental, tanto para lograr la estadía del PRI en la arena política nacional, como para hacer coincidir futuro, oferta política y responsabilidad en el ejercicio gubernamental.

A esta incapacidad de transformación se suman el desgaste resultante del ejercicio prolongado del poder, los escándalos de corrupción, los magnicidios no esclarecidos, el desprestigio del sexenio anterior, la incapacidad para aprovechar modernamente a los medios de comunicación, la deserción silenciosa en nuestras filas, entre otros factores.

La constitución organizativa territorial del Partido, de la que en otros tiempos, y en su calidad de maquinaria electoral incontenible, el propio Partido se ufanaba, indudablemente ha mostrado fallas. Al no realizarse un trabajo permanente durante los recesos electorales, cada tres años se reconstruía el andamiaje territorial, prácticamente en su totalidad. Los seccionales han dejado de ser la célula básica de la fuerza de nuestro partido. Su estructura muestra fatiga y la motivación de sus cuadros medios y de sus líderes de base es insuficiente para enfrentar el desafío de la disputa por el voto.

El PRI refleja más una estructura burocrática gravosa que la de un partido ágil, versátil y moderno, acorde a la política en los medios de comunicación y a la interacción ciudadana que demanda la competitividad electoral y el sentimiento de autoestima para cada ciudadano. Es evidente la pugna por espacios de poder que se manifiestan en el uso ineficiente y duplicado de recursos y la falta de un discurso que establezca, de una manera atractiva y moderna, el nuevo vínculo con el poder y con la sociedad mexicana, de acuerdo con la legislación reformada.

El debilitamiento de nuestra estructura seccional y, en otros casos, la inoperancia de otras estructuras, nos hacen pensar que ciertamente existen los priístas y sus organizaciones, pero que falta precisión para el encuentro con la estructura partidaria o con los militantes en tiempos electorales y no electorales.

Los sectores, anteriores pilares corporativos del voto duro priísta, también viven un desgaste, comprensible por el desarrollo de la cultura política ciudadana. La lucha por el sufragio ciudadano no termina de encontrar nuevas estrategias entre la población abierta de las principales ciudades del país, que han ido cayendo en manos de la oposición. Al igual que hace años, la discusión consiste en transformar nuestro partido de uno de masas a uno de electores. Sin embargo, ni una ni otra posición pueden ser maximalistas.

Por otra parte, se ha privilegiado un sistema de reparto de cuotas internas diseñado en los tiempos del partido casi único. La operación del proceso de selección de candidatos de 1997 lo prueba. Se llevó a cabo como en el pasado cercano, en el que no existían más opciones políticas postulantes a las que acudir. La frustración de la militancia, que trabajó arduamente y sin resultados por un puesto de elección popular, no fue mitigada por la justificación y consolación de un procedimiento justo de elección.

El surgimiento de otros partidos con posibilidades reales de acceder al poder, ha provocado que muchos jóvenes que aspiran a desarrollar una carrera política vuelvan la mirada hacia otras ofertas partidarias, que brindan mayores oportunidades debido a que la lucha interna es más abierta y se lleva a cabo con reglas claras, que van más allá de la amistad o el compadrazgo.

Hay que asumir que la clase política se ha cerrado y que cada vez existe menos movilidad. La separación de importantes miembros del Partido ha contribuido a crear una imagen de zozobra y abandono. La falta de espacios, real o ficticia, se apropia del Partido y produce una imagen que afecta nuestra efectividad electoral.

Finalmente, mencionaríamos que los Consejos Políticos, espacios creados ex profeso para el debate, el intercambio de ideas, la toma de acuerdos y de decisiones importantes, no sólo no operan como los Estatutos del Partido establecen, sino que además no reflejan la pluralidad de grupos, corrientes y priístas distinguidos, necesarios para garantizar la cohesión y la unidad partidistas.

La gran transformación del PRI hacia el futuro está estrechamente vinculada con la transformación de la sociedad en su conjunto. Prolongar el estado actual de las cosas en el Partido atenta contra la viabilidad y la permanencia política de nuestro instituto político, como opción de poder y de cambio y como opción mayoritaria de los mexicanos.

La renovación, entonces, tendrá que ver con el establecimiento de un partido que recupere su historia propia y se coloque fuera de la agenda impuesta, pero dentro de los márgenes de las nuevas necesidades de la coyuntura jurídica, política e histórica del país.

En ese sentido, el hecho de que los recursos de los que depende la operación de nuestro partido sean entregados por el IFE, ofrece alternativas extraordinarias para la renovación y el replanteamiento de su papel en la política, en el desarrollo del país y en la competencia electoral.

Es necesario tomar decisiones y evitar dejarnos llevar por la coyuntura. El Partido ha hecho suya la agenda, las preocupaciones, y en ocasiones, incluso términos —base, soporte y ejercicio de la política— del lenguaje de la oposición. Por ello se presentan, de manera sintética, los posibles puntos de una agenda temática propia, que mire al futuro en forma clara y certera. Cabe añadir que en el desarrollo tanto conceptual como práctico de cada militante es premisa clave, es de fundamental importancia intentar elevar el nivel de la discusión interna y de cara a la sociedad. El "antiintelectualismo priísta" y el enceguecimiento producto del vértigo de los cambios, nos han hecho presas de un debate en ocasiones hueco y repleto de lugares comunes.

LA AGENDA: ¿CÓMO RENOVARSE?

1. La Justicia Social: Resulta fundamental la revisión de este punto, a fin de retomar la bandera y los propósitos de la Justicia Social, bajo una perspectiva moderna, fundada en la idea de que la economía debe servir para combatir enérgicamente la desigualdad, poniendo gran atención en evitar el sacrificio del desarrollo y el crecimiento a mediano y largo plazos. De retomarse la meta de la Justicia Social, se lograría no sólo la recuperación de la legitimidad, sino también dar un paso firme hacia la consecución de la Democracia, entendida como la igualdad de oportunidades de los mexicanos. Ser más libres, para ser igualmente libres.

2. Establecimiento de reglas claras para la operación interna del PRI y la competencia democrática para cargos de liderazgo y de elección popular. Este planteamiento se vincula, necesariamente, a los propósitos de la organización interna y de la modernización de la estructura del Partido. En tal sentido, surge la pregunta, que constituye parte fundamental de la agenda: ¿Cuáles serán esas reglas y cómo deben ser éstas?

3. Darle sentido y propósito a la militancia: Los priístas deben encontrar un beneficio en la militancia, ya sea por el contenido ideológico del Partido, o porque en su actividad proselitista podrán encontrar un canal de participación política en la sociedad y en el partido.

4. Modernización de la estructura del PRI: La modernización de la estructura partidista necesariamente implica el análisis del funcionamiento de cada una de sus partes —desde los comités seccionales hasta el Comité Ejecutivo Nacional—, así como de la verdadera fuerza de los sectores y de los grupos que integran nuestra estructura territorial y sectorial. Una vez hecho este análisis, será posible reordenar la maquinaria priísta dependiendo de la eficacia y fuerza real de cada una de las partes de la misma.

* Firmantes de la declaración: Mauricio López Velázquez, Miguel González Compeán, Ricardo Mejía Berdeja Tábata Villar Villa, Roberto Castellanos Cereceda, Martín Vargas, Luis Humberto Fernández, Carol Antonio Altamirano, Víctor Manuel Virueña Muñiz, Leonardo Lomelí Vanegas, Rafael Flores, Miguel Ángel Maggi, Octavio Maza, Fabiola Rendón, Josué Romero, Huitzilíhuitl Herrada, Luis de las Heras, Jesús Valadez Arteaga, Francisco Carmona Plascencia, Gerardo Mejía, Sergio Bravo y Ricardo Torres.

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