LA LARGA APUESTA POR LA CONVIVENCIA EN PAZ
Ciro Murayama *
Las manifestaciones que en todo el territorio español se sucedieron a partir de la segunda semana de julio por el secuestro y posterior asesinato de Miguel Angel Blanco, concejal del Partido Popular en Vizcaya, en manos de ETA, han dado la vuelta al mundo y expresan un hartazgo del grueso de los españoles hacia las prácticas, cada vez más siniestras, del grupo que, con armas de por medio, reivindica la independencia del País Vasco.
Las causas que dieron origen al nacimiento del grupo armado, en el extremo de que fueran suficientes para optar por la violencia, han sido desmontadas a partir del fin de la dictadura franquista por un proceso de democratización que en lo que se refiere a las distintas regiones y comunidades que conforman España, ha dado paso al reconocimiento de las autonomías, las cuales cada día consiguen grados mayores de decisión y gestión propios.
Sin embargo, la alternativa que ETA pone sobre la mesa no ha variado un ápice y con cada uno de sus actos pospone la llegada a un piso mínimo de trato y entendimiento civilizado en el País Vasco y entre los vascos.
Más allá de lo anacrónico que a algunos nos puedan sonar las reivindicaciones de un nacionalismo provincial en un contexto de integración económica y política como el que vive Europa, lo cierto es que hay otros medios, bastante eficaces, para conseguir los fines. En este caso, otra vez, por sus actos hay que calibrar a los actores. Por ejemplo, el Partido Nacionalista Vasco (PNV) ha logrado ya no aportar la recaudación fiscal de su Comunidad Autónoma a la hacienda central, y si a ello agregamos que las fronteras comerciales de España han desaparecido para sus socios comunitarios y que la moneda será emitida pronto por el Banco Central Europeo, entonces la identidad económica nacional, en sus tres pilares, se diluye. Pocos han reparado en lo anterior, y los vascos, respecto al gobierno central español, gozan de una independencia económica tangible. Es evidente, por tanto, que, por discutibles (en mi caso hasta criticables) que resulten las medidas recién enunciadas, no hay que recurrir al gatillo para concretar consignas.
Pero estos cambios en la vida política y económica siguen sin ser valorados por quienes ya están instalados y perpetuados en la senda de la violencia. Es común ver que quien agarra una pistola difícilmente la va a soltar.
Con el terror sembrado durante décadas, y en particular a lo largo de esta veintena de años en que la democracia mueve sus engranes en la península Ibérica, ETA ha conseguido prácticamente articular "dos bandos" en la sociedad española, pero también encender tentaciones autoritarias entre sus detractores. Eso puede ser lo más grave. En el llano, por decirlo coloquialmente, uno se encuentra a jóvenes que opinan en cafeterías y bares de las universidades madrileñas que no hay más que mano dura, castigos ejemplares, violentos, hacia ETA y sus simpatizantes. La desesperación ya muestra sus saldos ominosos.
Afortunadamente, las manifestaciones de estas semanas, las más concurridas según los medios, se desarrollaron en un clima de consignas como "Vascos sí, ETA no" y los ánimos de linchamiento, así sea verbal, fueron escasos y contenidos por una mayoría que, sin más, pide paz.
Doloroso resulta desplazarse a territorio vasco en estos días y encontrar sitios atiborrados de pósters en favor de ETA, letreros ofensivos hacia las víctimas del terrorismo y diagnósticos que califican como "manipulados" a los conciudadanos que se movilizan para rechazar crímenes, de la misma manera en que desde fuera se tacha de manipulados a los votantes de HB, brazo político de ETA. El problema es que no son pocos y que ningún golpe de mano va a desmontar la espiral de agravios y resentimiento.
Pero parece hora de que si bien hay "dos bandos", en ellos quepan matices y pueda hacerse un corte transversal, tender un puente. Quienes condenan a ETA, la mayoría y creo, en esta ocasión, del todo razonable, han de desmarcarse de tentaciones autoritarias; quienes apoyan la causa nacionalista y critican los excesos del gobierno español, habrían de pintar su raya hacia los violentos. El grueso de la población, supongo, no tiene porqué cargar con las culpas de crímenes ajenos ni hacer la vista gorda ante acciones reprobables de aquellos que, diciéndose militantes de la misma causa que uno, no hacen sino exacerbar el conflicto y amenazar la vida cotidiana de toda una comunidad.
El problema en el País Vasco es, por lo menos, intrincado, añejo, de difícil solución. Pero, como en otras ocasiones, la perplejidad no impide que puedan ser enarboladas tesis clásicas que no siempre son respetadas en la práctica, mismas que consisten en insistir en la necesidad de ser tolerantes (lo cual no implica carta abierta a los intolerantes), de renunciar a tener enemigos y en oposición construir adversarios, de dotarse de un terreno con reglas claras y aceptadas por los actores para procesar litigios, de extirpar la idea de que el fin –hoy desconocido por quienes andan sembrando pánico— justifica los medios, de que, como dice Alejandro Rossi "la inteligencia es la capacidad de diálogo".
Es en ese ánimo como se me ocurre apenas imaginar una salida; las otras, las espectaculares, no dan muchos frutos a la luz de los resultados. La justicia, tendrá que hacer su parte, y hacerla con apego al derecho del Estado que representa y cuida; pero eso es en lo que respecta a quienes ya optaron por la vía descabellada; hacia el resto, hacia sus simpatizantes, es para los que se antoja deseable tender el puente, y esperar a que ellos empiecen a construir también desde su orilla.
Porque al final, por encontrados que suenen los puntos de vista entre
quienes viven de lejos o bien en las calles de sus pueblos el drama de
un enfrentamiento que aparece como irreconciliable, todos por igual acuden
a un bar a tomar una cerveza y a disfrutar de un poco de música,
y el derecho a esa paz no puede ser sino de uso difundido, aunque las charlas
sean en español o en euzkera.
* Economista por la UNAM; realiza estudios de posgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.