Novela


MEMORIAS DE UN INSECTO PALO (FRAGMENTO)


Francisco J. Belda Segura *

I

No pertenezco a la humanidad, estoy convencido de no ser un hombre y sospecho que bajo mi antropomorfia habita un brote de musgo o cualquier otra especie vegetal no muy desarrollada, un helecho tal vez. Es la única explicación posible a mi incapacidad para los sentimientos más nobles de esta especie, la piedad, la generosidad, el amor, la solidaridad, palabras que conozco y que en mi cerebro hacen un viaje de ida y vuelta, sin dejar poso, como árbol, metalurgia, hipérbole y tobogán. Soy egoísta sin tener conciencia de serlo, lo que es tanto como decir que no lo soy, al menos si hablo con sinceridad. No obstante, visto desde el punto de vista ajeno, es decir, si salgo de mí e intento situarme en una perspectiva que me permita contemplarme como un sujeto verdaderamente existente, podría afirmar que soy un egoísta, pero sería una afirmación sin alma, y decir eso no me proporcionaría culpa alguna, pues estaría hablando de alguien que no tiene nada que ver conmigo. Son pocas las cosas que puedo decir de mí sin miedo a equivocarme, o sin miedo a secas. Y sin embargo, no podría hablar de nadie más que de mí mismo.

Para mí soy el Universo. Y del resto puedo decir pocas cosas, que terminaré‚ diciendo, pero eso será después de darme unas cuantas explicaciones. Por ejemplo, no entiendo por qué nada fuera de mí me importa un pimiento. Todo me es completamente ajeno, desde siempre, aunque tal vez haya olvidado cuando empezó a pasarme, pero creo que ha sido así desde siempre, ya digo. No recuerdo la última vez que sentí algo por algo, o por alguien no digamos, no lo recuerdo. Entre las cosas y yo es como si hubiera un muro invisible, como si no estuviéramos hechos de la misma materia. Por eso empecé a preocuparme sólo de mí y aunque no he obtenido demasiados resultados al menos sé de lo que hablo, es decir, que hablo con propiedad porque sólo poseo lo que conozco de mí mismo, el resto del mundo ya dije que no me pertenece.

Reconozco en mi interior todos los defectos y todos los vicios, aunque de forma embrionaria, por desarrollar. Soy capaz de las mayores ignominias sin mover un dedo, de las mayores cobardías que se hayan imaginado, de las mayores perversiones... pero sin actuar. Hacer algo es empezar a malograrlo, soy incapaz para la acción como una flor de estufa, que leí una vez. Es más, siento por la sola idea de hacer algo verdadera repulsión, no ya porque hacer cualquier cosa es siempre una inutilidad, idea que alumbre hace ya algún tiempo, sino que es por algo más. Es un rechazo metafísico. Una reacción alérgica de mi alma, una predisposición inexplicable a negar cualquier movimiento, trayectoria física, aquí y allá, amando sin embargo la velocidad como a mí mismo. He aquí supongo una de las primeras contradicciones que me construyen en grado superlativo. La velocidad es la forma moderna de relacionarse con el mundo, aunque yo la habría echado de menos aún en la Edad de Piedra. A bordo de un coche he encontrado algunos de mis mejores momentos, viendo pasar todo tras el cristal como si un ogro gigantesco hiciera girar el mundo y el coche permaneciera quieto, como en el cine. Ah, qué placer tan maravilloso pegar la cara a la ventanilla y perder la vista en las montañas y los valles, rápidamente, un vistazo, que todo pasa. Y de noche, el silencio de los motores, los faros deslumbrando pequeños insectos como yo; amo las carreteras.

Siento también una extraña atracción por las casas abandonadas y los perros destripados de los arcenes.

Continuando con mi sinceridad, jamás entendí algunas cosas. Por ejemplo, ¿en base a qué tengo que lamentar las desgracias ajenas? A mí me traen realmente al fresco, hasta tal punto que cuando veo a algún conmovido no exijo más que una interpretación convincente, y digo entonces, verdaderamente ese es un hombre bueno, pues la moral es dramaturgia por dentro, y los personajes de Shakespeare, sobre todo los más abyectos, son perfectamente morales. Yo no sé lo que es ser bueno. Ser malo ha de ser trabajoso y ya he dicho que odio hacer. No obstante, me reprocho constantemente muchas cosas, pero dudo que sea capaz de hacerme reproches morales en serio, sería como un chiste o algo así, como una enfermedad mental. Los reproches que me dirijo habitualmente son de índole estética, los únicos que me admito y soy terriblemente exigente, paranoico en ese aspecto. Me fustigo, en dos palabras. Es un entretenimiento y una necesidad olvidada el ir por la vida con un aspecto correcto. No digo bien vestido, digo un aspecto correcto, que es cuando el individuo y la imagen que él desea darse de sí mismo coinciden en todo punto, lo que ocurre muy pocas veces, pero cuando se consigue uno se quita la mayor parte de las preocupaciones de la cabeza. Y esto tan sencillo que expongo y tan necesario son las mujeres las que, con mayor frecuencia, dedican su tiempo y su acción a conseguirlo, demostrando así cierta superioridad de rango respecto al hombre común, siendo habitualmente criticadas por ello; el número de horas de acción y pensamiento que la mujer dedica a la búsqueda del aspecto correcto es el índice más claro de que conocen instintivamente que hacer es inútil, y partiendo de ello, es decir, partiendo de la base de que hay que hacer algo, idea que las pierde por otra parte, pues hacen lo menos estúpido, como es cubrirse las espaldas y evitar estar todo el día reprochándose estéticamente, como yo, el no alcanzar mi aspecto correcto, subyugado por mi condición de no mujer.

Otro índice, ahora se me ocurre, de su rango en un orden jerárquico (volveré a hablar de jerarquía, es de lo más importante entre los insectos palo) es su aptitud natural para fingir, o mejor que son un puro fingir, nada menos. O sea, que para mí son perfectas, siempre, desde un punto de vista moral. Y simulan además, constantemente, estar preocupadas por su aspecto correcto cuando la mayoría de las veces lo logran, casi siempre por azar. Y entonces, más que nunca, se me muestra el primer dato ajeno que afirmo fríamente, seguro de su exactitud pero indiferente:

EL PRINCIPAL Y PRIMER VICIO DE LA REALIDAD ES HACER SUPERFICIALMENTE IGUALES A COSAS RADICALMENTE DISTINTAS.

Es claro, yo mismo por ejemplo. Paso desapercibido entre los que me rodean porque me reconocen como uno de ellos y sin embargo soy uno entre un millón, como suele decirse por personas que no entienden absolutamente nada de lo que esa frase significa realmente. Uno entre un millón hay pocos, al menos yo no he conocido a muchos y tal calidad sólo puedo predicarla en propiedad, como dije, de mí mismo. Significa que no tengo nada que ver con nada que no sea yo, nada en absoluto, nada de nada, nada de cero, en rotundo.

Soy algo único e irrepetible, y sospecho que el resto de la gente empezaría a serlo si empezara a pensarlo también, en vez de creer tanto en las palabras terminadas en s, que al menos son reconocibles. Las peores son las plurales encubiertas, que se pronuncian con la guardia baja y a traición, y sin darse uno cuenta ha creado una categoría. No pueden existir los plurales porque no existen dos cosas iguales, y a esto han de dedicarle mucho tiempo los gramático-s, deberían. Y no voy a molestarme en explicar por qué yo las utilizo porque uno no elige la lengua que le toca, y me llevaría demasiada acción crear un lenguaje en singular, estando como estoy constantemente cansado de simular ser un palo.

II

No me conmueven las guerras lejanas, ni los vientres hinchados, ni los rostros famélicos, porque ya no tengo fe en las imágenes y soy un hombre de mi tiempo o sea, producto de mi tiempo y estoy lo suficientemente confuso al fin como para creerme nada, a lo más lo que veo en la televisión son fotogramas y las películas son ficción. Pincho otra croqueta y cambio al canal de los deportes imaginando que me he conmovido, inventando una repulsión correcta, aunque yo sé que me interesan más los resultados de mi equipo y que no soy un monstruo por ello, por mucho que me dedique un tenue reproche tan falso y tan rápido que me cuesta reconocerlo entre la maraña de mis pensamientos, pues a los postres es cuando mi actividad mental se dispara incontrolable hasta la media tarde y es entonces cuando aprovecho, me siento, hago café, dejo en penumbra mis habitaciones, trato de pensar en algo original y provechoso y suelo lograrlo, abandonado a esta pasión por mí mismo que me consume. Empatía. Al fin y al cabo, que soy yo, sino algo que intenta no sufrir. Ahí reconozco mi único aliento. La belleza es tan sólo el atisbo de lo insoportable.

El primer error del hombre moderno es creer que todo es posible. Es imposible escribir una novela, tan sólo se pueden escribir películas, y así otras muchas ideas me van y me vienen en las sobremesas, hablaba de la empatía, eso de lo que carezco o mejor que desconozco. Ponerme en lugar de otros. O intentar ser lo otro, aunque fuera por un instante, me aliviaría enormemente, sería entonces como ser lo que los otros parecen, continuamente empatados, reflejándose los unos en los otros como espejos, comunicándose aunque aborrezca esa palabra, no me gusta estar solo, o sea sentirme solo y de esa forma encontraría alivio, porque recuerdo, es inevitable, cuando no lo estaba, y no necesitaba entonces de las palabras ni de la música, ni siquiera tenía que pensar porque me bastaba dejarme llevar por la vida, como los cipreses del cementerio que se doblan con el viento en vez de oponerse, y siempre vuelven a su sitio, agotado el aire de intentar doblarlos, intactos ellos, tan verticales, gracias a sus poderosas raíces, para ser flexible se requiere previamente una dureza oscura y oculta, y soy demasiado vertical como para adaptarme, todo el día oponiéndome, pensándome, camuflándome y la vida no es como el viento porque nunca amaina y ya veremos si no acabo partiéndome, con un crujido seco, y estrepitosamente caigo al suelo, levanto polvo y arena y por unos instantes la nube de polvo que asciende me rodea suspendida, acaba expandiéndose y al cabo de poco tiempo ya soy una rama caída y para nada tuve alguna vez algo que ver conmigo mismo y con lo que los demás puedan recordar de mí.

Así es como lo recuerdo, tendría 10 años y estábamos jugando al fútbol en la explanada del colegio un día ventoso, de pronto alguien nos llamó, "venid, el eucalipto se va a caer". Todos se apretujaban alrededor y apenas pude ver, el viejo árbol se retorcía en estertores finales, a un lado y al otro, los profesores habían despejado un amplio círculo porque el árbol era muy grande y no se sabía a que lado terminaría cayendo. Finalmente, con un crujido seco y estrepitoso se derrumbó, hacia el sur, las raíces arrancaron el enlosado cuando salieron a la luz, húmedas y asquerosas, como todas las raíces a la luz, tardó un buen rato en disiparse la nube de polvo, de hojas secas y arena. Al fin los maestros dejaron que nos acercáramos. Parecía un enorme animal, como una ballena varada en la playa, acariciábamos el enorme lomo agrietado y todos parecían disfrutar entre la recién descubierta maleza, metiéndose entre las ramas.

Yo me alejé, me senté en la distancia y empecé a pensar. Ya entonces odiaba la acción. Pensaba en todos los años que el eucalipto había permanecido allí, mucho antes de que yo llegara, quien sabe cuanto tiempo. Pensaba que todos esos años habían dejado de existir, de pronto. Tenía una difícil sensación de pérdida, de impotencia, se me hacían presentes todas las vidas, los instantes ajenos y lejanos que no había vivido y que nunca me pertenecerían, aunque podía intuirlos en cada uno de los recovecos y nudos del tronco muerto. Dentro de mí se celebraba un funeral y al lado los niños gritaban entregados a la lucha y al juego. Yo no me sentía como ellos, ni siquiera me sentía como el árbol caído. Me sentía como yo mismo, distinto, totalmente en otro lugar. Y nadie parecía darse cuenta, ni siquiera yo hubiera podido explicar qué me pasaba o qué pensaba, tan sólo me quedé allí, oculto, sentado, con los brazos cruzados, abrumado sin saberlo por el tiempo, su inmensidad, su inevitabilidad, su inaccesibilidad.

III

A veces imagino mi vida futura junto a un ventanal opaco y escondido, pasando el índice por el borde las tazas vacías, observando la nada, contabilizando el desorden, siendo levemente feliz, aéreo como el humo de los cigarros que no me he fumado. Me proyecto en el ladrillo visto, las ventanas de aluminio dorado, los maceteros sucios suspendidos en el vacío, los adhesivos en las carpetas de las estudiantes de pechos firmes y abultados, que observo como un entomólogo algo turbado. Doy otro sorbo al café‚ y pasa el tiempo al otro lado del cristal, el repartidor de bollería aparca en doble fila y una embarazada ojerosa y como aterrorizada del mundo intenta cruzar la calle, atravesada a espasmos por ciclomotores chillones y gruesos que parecen abejas con el abdomen hinchado. Mi vida futura siempre transcurre en un bar parecido a uno que conocí en Granada, que tenía un nombre horrible que no he conseguido olvidar y que regentaba una mujer oriental que ponía discos de jazz y tenía un amante teutónico y fornido, alto, rubio, con espeso bigote y ademanes delicadísimos.

Aquel bar, y bueno, siempre pensé que la edad ideal para escribir unas memorias eran los veintisiete, a partir de ahí sobra perspectiva, pues en aquel bar tenían los botellines de Heineken siempre bien fríos y colocados tras una mampara frigorífica como en un escaparate, junto a los zumos embotellados y el vino blanco, en una posición preferente, como la joya más preciada a exhibir, y solíamos ir a bebernos esos botellines y a verlos disminuir tras la mampara mientras escuchábamos a Charlie Parker o alguno de esos, da lo mismo porque el jazz no es más que música ambiental y poco importa quién toca sino dónde se escucha y a qué hora, aunque no logro recordar si en realidad fuimos muchas veces a ese bar, creo que no, tan solo una pero tan significativa.

Mi vida futura siempre transcurre allí, yo estoy permanentemente sentado junto al ventanal, escribiendo en las servilletas con una pluma negra, sin perder una media sonrisa y vestido elegantemente aunque con discreción, como en ese cuadro de Pessoa, porque en mi vida futura quiero ser Pessoa, no sé si dispépsico, pero igual de fluido ante la vida, tranquilo en la amargura de vivir y contemplando. Y es que algunos textos de Pessoa me estremecen porque los he escrito yo, hoy estoy pensando muchísimo y empiezo a agotarme. Anoche tuve dos sueños extraños, en el primero una mujer de rostro desconocido y pavoroso acercaba su rostro al mío y después se alejaba en un vacío negror, yendo y viniendo, y aunque ese rostro me era totalmente ajeno estaba dibujado con una claridad diáfana, perfectamente trazado, a lo mejor era la realidad misma en persona.

Después soñé con franjas, con bandas, surcos horizontales que lo dividían todo y sólo me extrañaba a mí. Luego, para poder conciliar el sueño imaginé‚ un suicidio frustrado: Alguien consigue clandestinamente un revolver sucio y grasiento. Envuelto en papel de periódico, va con él por toda la ciudad como si llevara algo frágil entre las manos y en efecto, la gente se aparta a su paso al verlo tan apurado con el transporte, con algo de simpatía pues a pesar de la barba y el pelo rasurado el hombre va muy bien vestido y algunas jóvenes imaginan que transporta una figura de cristal que regalar a su amor, y durante mucho tiempo recordarán esa imagen cuando reprochen a alguien el ser tan poco cariñoso.

Al fin, ese hombre sube a su piso y lo encuentra caluroso y sucio, descuidado. Se sienta sin desabrigarse en la cocina y en la mesa, junto a los restos de la comida, despliega el diario, tirando sin darse cuenta al suelo un tenedor y un trozo de pan duro. Se levanta y se quita el abrigo, debajo tan solo lleva una camiseta de tirantes blanca. Cuelga el abrigo en la silla, vuelve a sentarse y toma el arma con la mano derecha. La sopesa, la sostiene y con la izquierda toma la única bala que ha querido comprar. Con un brusco giro de muñeca saca el tambor de su sitio. Está vacío. Coloca en uno de los seis agujeros la bala. Lo gira y lo vuelve a colocar bruscamente. Se coloca el cañón en la sien y aprieta el gatillo. Falla. Vuelve a intentarlo. Vuelve a fallar. Dispara de nuevo, pero no hay bala en el tambor. Así hasta cinco veces. Al fin llega al sexto intento. Esta vez levanta primero el percutor, pero deja un instante el arma sobre la mesa. No es buena idea, si dispara ahora se habrá matado, si hubiera acertado antes le habría matado el azar y no quiere tener esa culpa en su conciencia por toda la eternidad. Algún coche aceleró a lo lejos y acabé‚ durmiéndome.

* Escritor español; 29 años de edad.

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