Nicaragua


LA INGENUIDAD DE LOS SANDINISTAS


José Ancheyta *

La derrota de los sandinistas en Nicaragua representa una lección de lo que no deben hacer las agrupaciones de izquierda en estos momentos cruciales de América Latina, si realmente quieren convertirse en opciones de cambio.

Una de las causas de la gran crisis que padece el movimiento revolucionario de la región está en creer que la democracia "neoliberal" puede crear condiciones para llegar al poder al margen de las permanentes luchas sociales.

Lo grave de esta visión es que además de dejar de lado la necesaria organización y formación política de los cuadros y de las masas, no pocos de los dirigentes de izquierda piensan que pueden lograr más a través de negociaciones cupulares. Esto conduce a ambientes de confianza excesiva entre actores que apenas años atrás mantenían posiciones antagónicas, lo que es aprovechado por la derecha que, a diferencia de la izquierda, tiene la virtud de no olvidar jamás los desafíos a sus intereses.

En su afán por congraciarse con los que fueron sus más acérrimos enemigos durante la guerra que vivió esa nación centroamericana en los ochentas, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cometió serios errores de apreciación política y demostró exceso de confianza. Aceptar al cardenal Miguel Obando y Bravo como árbitro en las elecciones de octubre pasado, fue el colmo de la inocencia de los sandinistas, sabiendo que desde siempre el prelado ha tomado un claro partido por la extrema derecha.

Hoy el FSLN cosecha lo sembrado, pues mucho antes de que se conocieran los resultados, Obando y Bravo se desbocó para proclamar el triunfo electoral del candidato somocista Arnoldo Alemán, quien asumió la presidencia pese a las denuncias sandinistas de que el proceso electoral fue fraudulento.

A tono con otros observadores "imparciales" como el expresidente norteamericano James Carter y el exmandantario costarricense Oscar Arias Sánchez, el arzobispo de Managua emitió su veredicto, aceptado previamente como inapelable, avalando el proceso, cuestionado por... los sandinistas.

No hay que olvidar que fue durante el gobierno de Carter cuando la Agencia Central de Inteligencia (CIA) promovió la creación de las fuerzas contrarrevolucionarias que ensangrentaron a Nicaragua, con dinero y armas estadunidenses.

Durante los diez años que estuvieron en el poder tras el triunfo revolucionario sobre la dictadura de la familia Somoza, los sandinistas nunca dejaron de recibir las reiteradas críticas y agresiones verbales del Premio Nobel de la Paz, además de que durante su mandato Costa Rica se convirtió en un territorio libre para los "combatientes" de la contrarrevolución.

La debacle de quienes se consideran "herederos" de Augusto César Sandino, no tuvo consecuencias internacionales, pues aparte de sus errores, la insistencia en congraciarse con el enemigo histórico los aleja de los miles de mujeres y hombres que los apoyaron sin reservas.

Algunos pueden pensar que estos son errores de los últimos tiempos, pero no es así. Desde mediados de los ochentas, los sandinistas apoyaron al gobierno guatemalteco del democristiano Vinicio Cerezo Arévalo, pese a que éste siempre los acusó de dictadores y no dejó escapar oportunidad en cualquier foro internacional para señalar al régimen del ex presidente Daniel Ortega Saavedra como el único que desentonaba en el concierto centroamericano.

En aquella época, muchos revolucionarios guatemaltecos se quejaban con amargura de que los delegados del FSLN se identificaban más con los enviados del gobierno de Cerezo que con ellos mismos y censuraban con dureza sus excusas. Según los sandinistas, ellos estaban dispuestos a defender a Cerezo porque éste había proclamado la neutralidad activa y con eso ellos defendían "su" revolución. Era una actitud clara de que cada quien se rascara como pudiera.

Después de dos derrotas electorales consecutivas, el FSLN tiene en sus manos el resultado de su pragmatismo, lo cual es una evidente muestra de que cuando se hacen a un lado los principios en aras del poder, la fiesta no puede durar mucho.

Todavía está en la mente de los nicaragüenses y de la solidaridad internacional, la imagen en que el general Humberto Ortega Saavedra, jefe del Ejército Popular Sandinista (EPS), impone la orden Camilo Ortega Saavedra, llamada así en honor de uno de los mártires de la insurrección antisomocista, al agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Nicaragua. Esa condecoración fue como un premio al representante de un gobierno y de un ejército que tuvieron altas cuotas de responsabilidad en la guerra que vivió el país centroamericano, que sufrió la pérdida de miles de vidas de humildes campesinos, víctimas de las hordas reaccionarias dirigidas por Washington.

A nadie pasa desapercibido que los Ortega Saavedra, tal vez intentaban congraciarse con la extrema derecha, en aras de aplacar su ira vengativa, debido a las expropiaciones de que fueron objeto durante los años de poder revolucionario.

La actitud de "observadores imparciales" como Carter, Arias Sánchez, yObando y Bravo -que no pudieron ocultar su regocijo por el regreso del somocismo descarnado, pues el de la ex presidente Violeta Barrios viuda de Chamorro todavía se presentaba un poco matizado- nos muestra que la lucha de clases sigue viva, aunque haya quienes aseguren que la historia ya llegó a su fin.

Es cierto que la vía pacífica hacia la transformación social es preferible a cualquier conflicto bélico, pero la lucha política, en la calle o en el congreso, en los partidos o en las instituciones gremiales, no puede hacerse sin principios.

El destino de los sandinistas es un espejo en el que tienen que verse los movimientos revolucionarios de América Latina.

* Periodista guatemalteco

regresar a la primera página